El sol cae con dureza sobre la llanura manchega cuando comienza una intensa jornada de caza del conejo en Castilla-La Mancha. Lo que arranca como una salida entre amigos pronto revela una realidad más compleja: una tierra desbordada por la presencia del conejo de monte (Oryctolagus cuniculus), cuya proliferación está poniendo en jaque cultivos y economías locales. Entre risas, nervios y ladridos, la caza se convierte aquí en algo más que una afición: es una necesidad.
Entre viñas, chaparros y polvo: así se desarrolla la cacería
La acción se sitúa en la finca La Hidalga, un mosaico de viñedos, carrascas y monte bajo donde el calor aprieta desde primeras horas. Raúl, David, Juan y el guarda Ángel lideran la jornada acompañados por un grupo de podencos andaluces, auténticos protagonistas del día. Entre ellos destaca Rambo, un cachorro que vive su primera experiencia real en el campo, mostrando la mezcla de instinto y aprendizaje que define a estos perros.
La estrategia es clara: aprovechar las primeras horas del día antes de que las temperaturas superen los 38 grados. La modalidad empleada es la caza del conejo con perro y escopeta, una técnica dinámica que exige coordinación, reflejos y lectura del terreno. Los primeros lances no tardan en llegar. En apenas unos minutos, los perros levantan varios conejos, y los cazadores responden con eficacia, acumulando capturas en un terreno donde los vivares parecen no tener fin.
Pero más allá de la acción, el vídeo deja espacio para entender el contexto. Un agricultor de la zona relata con resignación cómo los conejos devoran viñas y olivos, obligándole a proteger cada planta. Sus palabras refuerzan la idea de que esta caza cumple una función de control poblacional imprescindible.
La jornada avanza entre carreras, disparos y continuos descansos para hidratar a los perros, que empiezan a mostrar signos de fatiga. Aun así, siguen trabajando con intensidad, levantando conejos incluso en las zonas más cerradas, donde cada lance se vuelve imprevisible.
Por la tarde, tras un merecido descanso en el cortijo, el grupo retoma la actividad con menos perros, seleccionando los más frescos. El ritmo es más pausado, pero no menos emocionante. Algunos lances destacan por su dificultad y belleza, con conejos cruzando entre la maleza y disparos ajustados que ponen a prueba la pericia de los cazadores.
El momento más especial llega cuando uno de los perros logra capturar un conejo tras horas de esfuerzo. La escena, celebrada con entusiasmo, resume el espíritu de la jornada: la conexión entre cazador y perro, el esfuerzo compartido y la satisfacción del trabajo bien hecho.
Al caer la tarde, con los perros exhaustos y el calor aún presente, el grupo decide poner fin a la cacería. No por falta de conejos, sino por respeto al esfuerzo de los animales.
Una jornada dura, real y necesaria que refleja la esencia de la caza del conejo en España: tradición, gestión y emoción en estado puro.
