Un día de codornices en Burgos con Aimpoint y Fabarm
Una mañana fresca de media veda en tierras burgalesas, rastrojos dorados, viento incómodo y muchas dudas sobre cuántas codornices (Coturnix coturnix) quedarán aún en el campo en pleno septiembre. Sobre ese escenario de incertidumbre, Gorka Serval decide complicarse la vida —o facilitársela, según se mire— poniendo a prueba un punto rojo Aimpoint Acro en su escopeta Fabarm Elos D2 Grey calibre 20, mientras sus perros Darky y Lucas se encargan de lo esencial: encontrar las perdices menudas del cereal que dan sentido a la caza menor de verano.
No se trata solo de un día de codornices; es una prueba real, en caza salvaje, de cómo encajan la tecnología moderna y la tradición más clásica en un mismo lance.
Codornices salvajes, perros veteranos y un punto rojo
Desde el inicio, Gorka explica con calma cómo regular la intensidad del punto rojo: menos brillo en las zonas sombrías donde suele saltar la codorniz, más potencia si se tratara de tirar a palomas contra el cielo claro. El objetivo es sencillo y a la vez exigente: que, cuando salga la primera pieza, el cazador tenga todo a favor para no fallar. Mientras tanto, Darky —una perra veterana de 11 años— y el joven Lucas peinan los caños y los rastrojos, siguiendo peones interminables que ponen a prueba su nariz y su tesón.
El primer gran lance llega tras una larga persecución de olor. La codorniz aguanta, se corre, obliga a los perros a insistir. Cuando por fin rompe, Gorka no dispara a lo loco; coloca el puntito rojo donde debe, aprieta el gatillo y la pieza cae limpia. Es su primera codorniz salvaje con Aimpoint y, más allá del golpe de efecto, deja una idea clara: el punto no invita al disparo acelerado, sino al tiro decidido y controlado.
Entre lances, Gorka se detiene en algo que va más allá del propio vídeo: cómo diferenciar machos y hembras de codorniz. Desmonta el mito del «babero negro» como criterio absoluto y muestra en la mano un macho adulto sin ancla en el pecho y una hembra moteada, subrayando la importancia de fijarse en las pintas y el plumaje. No es un detalle menor; ligado al proyecto Coturnix, recuerda que identificar bien el sexo de las piezas es clave para rellenar correctamente los partes y asegurar que la caza de la codorniz tenga futuro.
Tiros largos, viento y reflexión sobre la tecnología
Uno de los momentos más intensos del vídeo llega con un lance largo, muy largo, en el que Gorka duda por una segunda codorniz que le rompe a la espalda, falla el primer disparo y apura el segundo con la pieza ya lejos. Ese disparo larguísimo a la codorniz cae «como un trapo» y ahí es donde el cazador reconoce que ha visto de verdad la ventaja del Aimpoint: al tener el punto y el ave en la misma focal, el adelanto y el seguimiento se vuelven casi naturales, incluso con viento fuerte y muchos metros de por medio.
No todo son aciertos. Alguna codorniz se va después de que Gorka se recree pensando en el plano, y él mismo lo admite sin tapujos: cuando se está de caza, hay que cazar, no hacer florituras para la cámara. Esa honestidad, unida al esfuerzo de los perros por cobrar piezas caídas entre rastrojos donde apenas queda rastro, da al vídeo un tono cercano con el que también puede conectar quien nunca ha pisado un rastrojo en media veda.
En la parte final, el protagonista desgrana con calma las virtudes de la Fabarm Elos D2 Grey: escopeta superpuesta ligera de calibre 20, encare sorprendentemente perfecto para su altura, chokes de cinco y tres estrellas, y cartuchos de 25 gramos con perdigones del 9 y 10 que, vistos los resultados, sobran para abatir codornices al vuelo. Habla también de la autonomía de 50.000 horas del Aimpoint, de las fundas «calcetín» que evitan la condensación y de algo que resume bien su forma de entender este equipo: una escopeta es una inversión para toda la vida y hay que cuidarla como tal.
El balance final es claro: Gorka no «necesita» un punto rojo para acertar, pero reconoce que para muchos cazadores nerviosos, con escopetas mal encaradas o poca experiencia, un Aimpoint puede marcar la diferencia en la caza de la codorniz. Y lo hace sin vender milagros: la tecnología ayuda, pero el verdadero corazón de la jornada sigue estando en el viento, los rastrojos, el trabajo silencioso de los perros y ese momento en el que una pequeña silueta rayada rompe del caño y el cazador, por un instante, lo apuesta todo a un solo disparo.








