Por Selena Barr
¿En qué piensa un hombre cuando sabe que va a hacer su último disparo? No en la mecánica: el peso familiar del rifle, la imagen del alza, la presión del gatillo. Todo eso es memoria muscular, grabada en los tendones tras 32 safaris y un número incontable de búfalos. Lo que ocupa la mente es algo mucho más profundo: el peso de todos los disparos anteriores, cada amanecer sobre el Serengeti, cada hora dorada atravesando la espina de las acacias en el crepúsculo de Kenia.
Paul Roberts, con 85 años, ha vivido la clase de vida que la mayoría solo podemos imaginar. Marc Newton, CEO del fabricante londinense de armas John Rigby & Co., lo define como «el último de los playboys de los años 70»: coches rápidos, mujeres hermosas, interminables historias de encuentros cercanos con la muerte y membresía en los mejores clubes privados de Londres. Son capítulos de una vida intensamente vivida. Y ahora, con la lluvia cayendo sobre el veld sudafricano, un búfalo a 30 metros y Paul Roberts preparándose para disparar sabiendo que será su último disparo contra caza peligrosa.
Un vínculo forjado entre rifles y memoria
La relación comenzó en 2005: Marc, un desgarbado joven de 19 años con un traje de 30 libras de Asda, acudía a una entrevista en J. Roberts & Son, en Vauxhall. «Me enamoré absoluta y completamente de Paul», recuerda hoy Marc. El taller era una cueva de Aladino: montones de marfil, docenas de fotografías en blanco y negro de Paul junto a enormes elefantes en Tanzania, historia viva apilada en cada rincón. La entrevista fue breve. Paul lo miró de arriba abajo y dijo: «Sí, creo que servirás». Y eso fue todo. El inicio de una relación casi de tío y sobrino. Marc se quedaba en la oficina hasta las 21:00 sólo para escuchar, para absorber.

Cuando Marc asumió la dirección de Rigby 13 años atrás —una empresa que Paul había resucitado en los años 80— sintió el peso de la responsabilidad. «Siempre he tenido un enorme síndrome del impostor», admite. «Pero había una gran responsabilidad porque valoro y quiero muchísimo a Paul y a Patty». Patty Pugh, la legendaria ex pareja de Paul y formidable colaboradora empresarial, no pudo acudir al safari debido a su esclerosis múltiple.
Antes de viajar a Sudáfrica, Paul se reunió con Marc para tomar un café. Estaba organizando sus asuntos. Tenía dos rifles en mente para legarlos y le preguntó cuál prefería. Marc no dudó. El .416: el primer .416 Rigby que Paul había construido en 1982. Lo había acompañado durante décadas de caza africana. Así que ese sería el rifle que llevarían a África. No como una pieza de museo, sino como una herramienta de trabajo. Un puente entre pasado y presente.
El búfalo y el último disparo
En el Royal Tabane Safari Lodge, en la provincia de Limpopo, la lluvia caía constante, suave, transformando el monte en otra dimensión. Avistaron búfalos y trazaron un plan. Paul, cuyas rodillas ya no le permiten las largas caminatas que exige esta caza, se quedaría en el vehículo. Marc avanzó con los dos PH, Alex McDonald y Buzz Charlton, portando el .416 de Paul. Los búfalos caminaban de cara al viento. Marc se colocó en el trípode. 25 metros. El viejo guerrero se despejó, levantó la cabeza. El disparo fue perfecto. El búfalo se encabritó y salió corriendo. Marc repitió. Un proyectil salió por el pecho. El otro recorrió todo el cuerpo y salió por la cabeza. A 150 metros, el animal cayó. Pero antes de confirmar la muerte, Marc dijo: «Bien, tenemos que ir a buscar a Paul».
Al regresar, Paul había oído los disparos. «Se le ve al niño de 12 años que aún vive dentro de ese anciano», cuenta Marc. «Nunca he conocido a nadie de más de 80 con el alma de un escolar tan emocionado por la caza». Paul bajó del vehículo con brío. «¿Qué tal ha ido?» «Lo hemos abatido, pero no lo encontramos. Necesitamos otro rifle. ¿Vendrías a respaldarnos?» Paul se iluminó. Marc le entregó uno de los rifles de caza peligrosa que él mismo había ayudado a diseñar. «Entregárselo al hombre que me enseñó todo lo que sé sobre Rigby… no puedo describir la emoción».
Paul avanzó en cabeza, Marc detrás con el histórico .416. Tras 15 minutos, encontraron al búfalo, muerto en seco. Pero Alex miró a Paul: «Creo que deberíamos darle un tiro de seguridad». Paul dio un paso al frente. Miras abiertas. Un solo disparo, directo al punto. Descargó el rifle, se agachó y recogió el casquillo de latón vacío de la arena mojada. Paul Roberts no es un hombre dado a grandes emociones. Pero se volvió hacia Marc, sosteniendo el latón, y dijo algo que detuvo el tiempo. «Voy a guardar esto para siempre. Este será el último disparo que haga jamás a un búfalo».

El ocaso de una vida de caza
¿Cómo es el crepúsculo de una vida de cazador? Para Paul Roberts, significa seguir trabajando cada día en J. Roberts & Son. «Para mantener la mente clara a los 80 hay que seguir trabajando, mantener intereses», dice. Ese es su secreto. Hay melancolía en saber que África —su África— se está apagando. Le ofrecieron cazar un nyala en este viaje, pero tuvo que rechazarlo. «Caminar era demasiado duro. Hay una nota triste en estas últimas cacerías africanas. Pero hay que aceptar que no puedes hacer eternamente lo que hiciste en el pasado».
Recuerda situaciones en las que tuvo que correr para huir de animales peligrosos. «Eso ya no podría hacerlo. Así que no tiento a la suerte». En su lugar, siente «un gran placer» viendo cazar a otros, especialmente a Marc. «Creo que la experiencia de África muchas veces no está en apretar el gatillo», reflexiona. Quizá ese sea el gran secreto que solo se aprende tras toda una vida.
¿En qué piensa un hombre cuando sabe que va a realizar su último disparo? Quizá piense en un chico de 19 años con un traje barato. Quizá piense en los casquillos guardados a lo largo de los años, cada uno un recuerdo cristalizado en metal. Quizá piense en quienes continuarán: Marc con su .416, los jóvenes cazadores a los que ha influido con una ética correcta, Patty que compartió el camino. O quizá —y esto parece lo más probable— no piense en nada. Quizá simplemente sienta: la lluvia en el rostro, el peso del rifle, el búfalo delante, la presencia de los amigos, el privilegio de estar exactamente donde debe estar.
Ese casquillo de latón descansará en algún lugar seguro. Un talismán. Un recordatorio de que las cosas importantes no perduran en el hacer, sino en lo hecho. En las historias contadas. En el conocimiento transmitido. En ese niño de 12 años que nunca termina de envejecer. Marc Newton volverá a llevar ese .416 a África. El rifle los sobrevivirá a ambos. Pero la lluvia cayendo sobre el veld, las lágrimas de Paul, el eco de ese último disparo entre las espinas… eso pertenece solo a ese instante. Irrepetible y perfecto.
