El frío de la madrugada se colaba hasta en los huesos mientras nos preparábamos para la tirada de patos a ciegas. Era una salida completamente improvisada, fruto de una intuición alimentada por lo que habíamos visto el día anterior. Al caer la tarde, cuando la luz anaranjada acariciaba la superficie de la charca, los azulones se habían dejado ver en buena cantidad. No hubo que pensarlo mucho: «Mañana, al amanecer, tenemos que estar aquí», propuso mi tío Carlos, siempre dispuesto a exprimir al máximo cada oportunidad en el campo.

Todavía no amanecía cuando llegamos al lugar. La charca permanecía envuelta en una neblina tenue suspendida como un velo etéreo sobre el agua, iluminada por una poderosa luna creciente. Mis amigos Santi y Cristian, primerizos en esto de la caza de acuáticas, nos acompañaban para cubrir el mayor espacio posible: cuatro cazadores con la esperanza de que nuestra improvisación tuviera recompensa. Nos colocamos en los puestos que habíamos decidido la noche anterior. El reparto no fue casual: Santi, Cristian y yo nos repartimos por un lateral, el de la entrada lógica de los bandos, mientras que mi tío Carlos, el más experimentado de la partida, se fue al extremo opuesto con la intención de ojear.

El sonido de la gloria

El silencio de la madrugada se rompió por un sonido inconfundible: un grupo de azulones entrando como aviones sobre nuestras cabezas. Los cuatro nos tensamos de inmediato, ajustando la posición, alzando la guardia, atentos a la dirección del bando. El primer disparo lo hizo mi tío y uno de los azulones cayó sobre el agua. No tardamos en seguir su ejemplo. Los cuatro patos restantes buscaron la salida por el sitio que teníamos pensado… y allí estábamos nosotros. Santi abatió otro casi al instante, y entre Cristian y yo derribamos los tres que faltaban.

Todo ocurrió en segundos y en una oscuridad casi total. Las primeras luces del amanecer empezaban a teñir el horizonte de un naranja intenso cuando comenzó el verdadero espectáculo. Los azulones llegaron en grupos pequeños, algunos en parejas y otros en bandos de cuatro o cinco. Se aproximaban decididos, pero extremando las precauciones, dando vueltas por encima de la charca antes de decidir si posarse o seguir su camino.
Uno de los momentos más emocionantes de la mañana fue cuando un grupo de seis patos voló bajo, a ras de la charca, directo hacia el puesto de mi tío. Disparó confiado, logrando abatir a dos de ellos. Los otros dos intentaron escapar en nuestra dirección. Yo estaba preparado, aunque con los ojos llenos de lágrimas por el frío intenso, lo que me impedía enfocar bien. Apunté como pude y me hice con un doblete perfecto: un macho y una hembra que golpearon el agua con fuerza.

El sol ya se había alzado completamente cuando la actividad comenzó a disminuir. Los azulones parecían haber aprendido la lección, y los que veíamos pasaban lejos retirándose a charcas más tranquilas. El balance de la mañana era más que positivo. Habíamos cobrado 14 patos entre los cuatro, una cifra que, teniendo en cuenta lo imprevisto de la jornada, nos dejó a todos más que satisfechos.

¡A cobrar!

Llegó el turno de Pipa y Pizca, nuestros labradores, para cobrar cada uno de los patos abatidos, revisando cada rincón de la charca para no dejar ninguna atrás. Es impresionante comprobar de primera mano cómo el instinto de estos perros los transforma de animales dóciles y tranquilos a auténticas máquinas de cazar cuando ven el agua. En un momento perdí de vista a Pipa. No la encontraba por ningún sitio cuando, de repente, la vi nadando en el centro de la charca, a más de 150 metros de nosotros, mientras luchaba contra la corriente para recuperar un azulón arrastrado.


Ese fue el cobro del día y tan sólo esa escena justifica de pleno el madrugón y el frío vivido. La improvisación, al final, había sido nuestra mejor aliada. Sin grandes preparativos ni expectativas desmedidas habíamos logrado una tirada memorable.
Esa mañana en la charca no sólo nos regaló la alegría de la caza en familia, también la certeza de que, a veces, basta con seguir el instinto y aprovechar las oportunidades que se presentan. Mientras guardábamos las escopetas y los patos en el maletero, mi tío Carlos resumió la jornada con una frase que se me quedó grabada: «Esto es lo bonito de la caza: nunca sabes qué te espera, pero siempre vale la pena intentarlo». Y así fue.

Carlos Vignau

Redactor especializado en caza mayor y contenidos audiovisuales.

Es la voz de Cazaflix. Licenciado en Periodismo, ha trabajado en medios relacionados con el mundo taurino, la pesca y la caza. Su perfil combina experiencia en prensa escrita con sensibilidad por la narrativa visual, lo que lo convierte en una pieza esencial en la producción de reportajes y documentales de Cazaflix.