Quien convive con perros de caza sabe que esa reacción no puede fingirse. Es la expresión de un instinto que forma parte de su propia naturaleza.
Con demasiada frecuencia se habla de los perros de caza desde el desconocimiento. Se opina sin haber compartido una sola jornada con ellos y se juzga a todo un colectivo por casos aislados que, cuando existen, deben ser perseguidos y castigados con todo el peso de la ley. Pero esa no es la realidad que veo cada día como Guarda Rural de Caza.
Un instinto forjado durante siglos
Los perros de caza son el resultado de siglos de selección genética. Generación tras generación se fueron escogiendo aquellos ejemplares con mejores aptitudes para buscar, mostrar, cobrar o seguir un rastro. No es una conducta impuesta, sino un comportamiento que forma parte de su herencia biológica.
La etología, la ciencia que estudia el comportamiento animal, explica que el bienestar no consiste únicamente en disponer de comida, agua y un lugar donde dormir. Un perro también necesita desarrollar las conductas propias para las que fue seleccionado. En el caso de un perro de caza, utilizar el olfato, explorar el terreno, resolver situaciones y trabajar junto a su guía forman parte de sus necesidades naturales.
Por eso resulta simplista afirmar que un perro está mejor únicamente porque vive dentro de un piso. Un perro puede vivir perfectamente en una vivienda si recibe el ejercicio, la estimulación física y mental que necesita. Sin embargo, mantener de forma permanente a un perro de trabajo sin actividad puede favorecer problemas de ansiedad, estrés, obesidad o alteraciones del comportamiento.
Quienes convivimos con perros de caza sabemos que no son herramientas. Son compañeros de vida.
Durante todo el año reciben alimentación de calidad, controles veterinarios, vacunas, desparasitaciones y entrenamientos progresivos para mantener una buena condición física. El objetivo nunca es exigirles más de lo que pueden dar, sino mantenerlos sanos y preparados.
En verano, todas las precauciones son pocas
Con la llegada del verano, además, las precauciones se multiplican. Los cazadores son perfectamente conscientes del riesgo que supone un golpe de calor. Por eso es habitual ver remolques equipados con depósitos de agua, bebederos y sistemas de ventilación. En las mochilas nunca falta agua para hidratar a los perros durante los entrenamientos y las paradas son constantes para que puedan recuperarse.
También se evita entrenar en las horas centrales del día, se buscan zonas de sombra y se reduce la intensidad del ejercicio cuando las temperaturas son demasiado elevadas. La prioridad siempre es la misma: regresar a casa con todos los perros en perfectas condiciones.

El GPS, una herramienta para cuidar mejor
En los últimos años, además, la tecnología se ha convertido en una gran aliada del bienestar animal.
Los collares GPS han supuesto una auténtica revolución en la seguridad de los perros de caza. Hoy son una herramienta prácticamente imprescindible para muchos cazadores.
Un perro puede seguir un rastro durante cientos de metros o incluso varios kilómetros, atravesando barrancos, monte espeso o terrenos de difícil acceso. Gracias a estos dispositivos es posible conocer su ubicación en tiempo real y acudir rápidamente hasta él.
Esto reduce considerablemente el tiempo que un perro permanece extraviado y disminuye el riesgo de accidentes en carreteras, caídas en pozos, atrapamientos en alambradas o golpes de calor por permanecer demasiado tiempo sin ser localizado.
Como Guarda Rural de Caza he visto cómo estos dispositivos han permitido recuperar perros que, hace apenas unos años, habrían tardado horas en aparecer o incluso podrían haberse perdido definitivamente.
El collar GPS no sirve para cazar mejor. Sirve para cuidar mejor. Es una herramienta de seguridad que demuestra la preocupación constante del cazador por el bienestar de sus perros.
Recomendaciones para proteger a los perros durante el verano
- Entrenar únicamente a primera hora de la mañana o al atardecer.
- Llevar siempre abundante agua fresca para perros y personas.
- Hidratar a los perros con frecuencia, aunque no la soliciten.
- Realizar descansos periódicos en zonas de sombra.
- Reducir la duración del entrenamiento cuando las temperaturas sean elevadas.
- Revisar el estado de las almohadillas tras cada salida.
- Transportar a los perros en remolques correctamente ventilados.
- No dejar nunca a un perro dentro de un vehículo cerrado, ni siquiera durante unos minutos.
- Interrumpir inmediatamente la actividad si aparecen síntomas como jadeo excesivo, debilidad, desorientación o pérdida de equilibrio.
- Utilizar collares GPS para facilitar la rápida localización de los perros en caso de extravío.
La relación entre el cazador y su perro es una de las alianzas más antiguas entre el ser humano y un animal. Se ha construido durante miles de años sobre la confianza, el trabajo en equipo y el respeto mutuo.
Quien presencia una jornada de campeo sin prejuicios descubre una realidad muy distinta a la que a veces se intenta transmitir. Descubre perros felices haciendo aquello para lo que nacieron, propietarios pendientes de su seguridad en todo momento y una forma de entender el campo basada en el respeto por la naturaleza y por los animales que forman parte de ella.
Porque el mejor indicador del bienestar de un perro no son los prejuicios ni los titulares. Es verlo correr libre por el monte, mover la cola al encontrar a su guía y regresar al remolque con la misma ilusión con la que salió horas antes. Esa imagen, repetida miles de veces cada temporada, explica mucho mejor que cualquier debate cuál es la verdadera relación entre un cazador y su perro.
