Un día en el monte que va mucho más allá de la caza. Este documental de la Real Federación Española de Caza propone una mirada profunda y serena sobre una realidad compleja: el papel de la actividad cinegética en el equilibrio de los ecosistemas. A través de testimonios reales y escenarios rurales de Castilla y León, la historia conecta emoción, tradición y ciencia para mostrar una actividad que sigue generando debate, pero también sustenta vida.
Tradición, emoción y aprendizaje en el monte
La historia arranca con Andrea Martínez, cazadora desde niña, que describe la caza como una forma de encontrar paz, silencio y conexión con la naturaleza. La jornada comienza en un bar de pueblo, uno de esos lugares que solo cobra vida en temporada, donde los cazadores organizan la montería antes de adentrarse en el monte.
En este contexto aparece la montería, una de las modalidades más representativas de la caza mayor en España. Los puestos se asignan, las rehalas entran en acción y el monte cobra vida con el movimiento de especies como el jabalí (Sus scrofa) o el ciervo (Cervus elaphus). Pero más allá del lance, el documental pone el foco en el ambiente: el compañerismo, las historias compartidas y ese momento final en torno a la lumbre que define la esencia de la jornada.
Edesio, cazador veterano, aporta la perspectiva de quien ha vivido la caza como necesidad. Sus recuerdos reflejan una época en la que salir al monte era también una forma de llevar comida a casa. Frente a él, Sandra representa la mirada nueva: alguien que llega con curiosidad y descubre que la caza no es solo disparar, sino formar parte de una comunidad y entender el papel de los perros y del entorno.
La gestión cinegética como herramienta de equilibrio
El documental introduce entonces una dimensión clave: la gestión cinegética. Agricultores como Javier Poza explican los daños provocados por la sobrepoblación de fauna, especialmente en zonas agrícolas donde los animales buscan alimento en épocas de escasez.
Desde el ámbito científico, expertos como Carlos Sánchez, de Fundación Artemisan, aportan datos claros: controlar especies como el jabalí (Sus scrofa) o el corzo (Capreolus capreolus) no es una opción, sino una necesidad para evitar enfermedades, daños en cultivos y desequilibrios ecológicos. La caza, en este contexto, se presenta como una herramienta de gestión, no como un fin en sí mismo.
También se aborda el papel de los agentes medioambientales, que advierten de los riesgos de abandonar la gestión del monte: aumento de incendios, pérdida de hábitats y proliferación descontrolada de especies.
Un impacto que va más allá del monte
La narrativa se amplía para mostrar cómo la caza influye en la vida rural. Restaurantes como El Balcón del Cañón basan parte de su actividad en la carne de caza, mientras que el turismo cinegético genera ingresos en zonas con pocas alternativas económicas.
Incluso la seguridad vial entra en juego: la presencia creciente de fauna salvaje en carreteras rurales convierte la gestión poblacional en un factor clave para evitar accidentes.
Un equilibrio que nos implica a todos
El documental concluye con una idea clara: el equilibrio natural no es estático, es un proceso que requiere intervención, conocimiento y responsabilidad compartida. Cazadores, científicos, agricultores y ciudadanos forman parte de un mismo sistema en el que cada decisión tiene consecuencias.
Una historia que no busca convencer, sino mostrar. Y que deja al espectador con una reflexión inevitable: entender la naturaleza es también aceptar que, a veces, intervenir es la única forma de conservar.








