Cualquier cazador de conejos ha encontrado alguna vez un majano, un ribazo o una zona llena de bocas que aparentemente prometía una enorme cantidad de animales para descubrir después que apenas había movimiento. También ocurre lo contrario: una madriguera aparentemente discreta puede esconder una actividad mucho mayor de la que imaginábamos. El número de agujeros, por sí solo, cuenta únicamente una pequeña parte de la historia.
Los conejos modifican constantemente el entorno inmediato de las madrigueras que utilizan. Sus entradas y salidas, la limpieza de las bocas y sus movimientos cotidianos van dejando pequeñas señales. Ninguna permite conocer por sí sola cuántos animales hay bajo tierra, pero observarlas conjuntamente puede indicarnos si nos encontramos ante una zona activa.
Mira primero la tierra de la entrada
Una boca utilizada frecuentemente suele mostrar diferencias respecto a otra abandonada desde hace tiempo. El paso continuado de animales puede mantener determinadas zonas despejadas y dejar tierra removida alrededor.El tipo de suelo condiciona muchísimo estas señales. En terrenos blandos pueden aparecer incluso huellas, mientras que en zonas pedregosas resultará mucho más complicado encontrarlas.
También debemos tener en cuenta la meteorología. Una lluvia reciente puede borrar rastros antiguos y convertir cualquier señal posterior en una pista particularmente interesante.

La presencia de cagarruteros o excrementos en las inmediaciones confirma que los conejos utilizan el entorno, aunque debemos interpretar cuidadosamente su estado. Cuando encontramos acumulaciones de diferentes edades estamos probablemente ante una zona frecuentada durante cierto tiempo. El aspecto cambia a medida que los excrementos envejecen y quedan expuestos al sol, la lluvia y la humedad.
No significa necesariamente que los animales se encuentren en ese instante dentro de la madriguera, pero sí aporta información sobre la utilización del lugar.
Las huellas pueden resolver muchas dudas
Después de una lluvia o sobre terreno fino, las entradas pueden convertirse en auténticos registros de actividad. Las pequeñas pisadas aparecen superpuestas alrededor de algunas bocas y permiten comprobar que existe movimiento.
Lo interesante no es encontrar una única huella, sino observar el conjunto. Un suelo muy pisado, con rastros que entran y salen y marcas sobre otras anteriores, resulta mucho más revelador. Con el tiempo aprenderemos además a distinguir las pisadas del conejo de las de otros pequeños animales que pueden utilizar el mismo entorno.
Una señal mucho más discreta puede encontrarse en ramas, raíces o bordes estrechos de las bocas. Al entrar y salir repetidamente, los animales pueden dejar pequeños pelos enganchados. Hay que acercarse para encontrarlos. Precisamente por eso constituyen una de esas pistas que pasan inadvertidas cuando simplemente observamos la madriguera desde varios metros.
Una linterna puede ayudarnos a inspeccionar superficialmente la entrada, pero nunca debemos introducir la mano en una cavidad cuyo interior desconocemos.
Telarañas y vegetación cuentan otra historia
Una boca cubierta por telarañas intactas, hojas acumuladas o vegetación creciendo directamente sobre el paso puede sugerir que lleva tiempo sin ser utilizada. Por el contrario, una entrada limpia en mitad de un entorno cubierto de vegetación merece nuestra atención.
Tampoco aquí existen reglas absolutas. Una araña puede reconstruir rápidamente su tela y las condiciones meteorológicas modifican continuamente el aspecto de la entrada. Lo interesante es sumar esta pista a todas las anteriores.

Un vivar puede contar con numerosas entradas y no todas tienen por qué presentar el mismo grado de utilización. Algunas pueden mostrar muchísimo tránsito mientras otras permanecen prácticamente abandonadas. Observar varias entradas nos proporciona una imagen mucho más completa que estudiar solamente la más evidente.
También encontraremos caminos entre vegetación, zonas de alimentación y pequeños espacios despejados alrededor del vivar que indican que los conejos utilizan regularmente el entorno.
Aprende a mirar un vivar
No existe una señal capaz de decirnos cuántos conejos hay bajo nuestros pies. Lo que sí podemos aprender es a reconocer cuándo un entorno presenta actividad reciente. Tierra removida, huellas, excrementos, pelo, vegetación y estado de las diferentes bocas forman conjuntamente una especie de mapa.
La próxima vez que encuentres una madriguera no te limites a contar sus entradas. Acércate, observa el suelo y mira alrededor. Probablemente los conejos hayan dejado mucha más información de la que parecía a primera vista.
