Un lote de taxidermia catalogado en la casa de subastas Auctioneum de Bristol (Reino Unido) como «cabeza de zorro del siglo XIX» habría resultado ser, en realidad, la cabeza disecada de un tilacino o tigre de Tasmania, una especie considerada extinta desde 1936. La pista ha salido a la luz a comienzos de septiembre y ha cobrado fuerza tras un análisis por imagen y la evaluación de un especialista, según han publicado El Confidencial y La Razón.
Ambos medios atribuyen la identificación al examen de radiografías y tomografías (TAC) del cráneo y la dentición, y a la valoración de Stephen Sleightholme, director del International Thylacine Specimen Database (ITSD). Dicho claro: las imágenes internas del hueso y los dientes apuntan a rasgos propios del tilacino, un marsupial carnívoro y no un cánido, lo que sustenta el cambio de etiqueta de la pieza anunciada en Bristol (Reino Unido).
El ejemplar habría sido incorporado a la base de datos del ITSD, que reúne más de 800 especímenes conocidos entre pieles, esqueletos y cráneos. Para el lector, la utilidad es clara: si se confirma, estamos ante material patrimonial y científico poco común que podría aportar información morfológica relevante, siempre sin dar por hechas pruebas genéticas ni reconocimientos institucionales que, por ahora, no constan en documentos públicos.
Cómo se ha llegado a la identificación
La clave está en la imagen diagnóstica. Las radiografías y el TAC permiten ver lo que el ojo no: suturas craneales, cavidades y, sobre todo, una dentición característica. Traducido al campo, donde un zorro europeo o un cánido muestran un patrón dental y mandibular reconocible, el tilacino presenta rasgos propios de un marsupial carnívoro. Esa anatomía interna, explican las crónicas, es la que habría hecho saltar las alarmas de que la pieza no era un «zorro».
La valoración de Stephen Sleightholme, al frente del ITSD, aporta contexto técnico adicional, ya que el registro internacional del tilacino se ha levantado comparando centenares de restos anatómicos. Para entendernos: si algo encaja con la huella ósea y dental que se repite en el catálogo de la especie, la probabilidad de acierto crece. Ese contraste entre imágenes y base de especímenes es lo que la prensa atribuye a este caso.
El tilacino desapareció del medio natural en el siglo XX y el último ejemplar conocido murió en un zoológico de Tasmania (Australia) en 1936, según recuerdan los medios consultados. Para un lector de caza y gestión, el apunte no es arqueología: habla de cómo un patrimonio natural puede perderse y de por qué conviene documentar bien cada resto histórico que aparece en colecciones o en el comercio de antigüedades.
Precio, subasta y procedencia: lo que sabemos y lo que falta
Aunque el caso se originó en un anuncio de Auctioneum en Bristol (Reino Unido), los detalles económicos y de compraventa no están cerrados. El Confidencial habla de una compra inicial muy barata, mientras que La Razón menciona una puja por decenas de miles de dólares. Sin la ficha oficial de la subasta, no es posible confirmar precio, fecha exacta ni si el lote llegó a adjudicarse o fue retirado.
También queda por aclarar la procedencia histórica de la cabeza: quién la naturalizó, por qué canales circuló durante más de un siglo y cómo terminó etiquetada como zorro. La prensa indica que hay una investigación en marcha sobre ese recorrido, pero, de nuevo, no hay documentación pública definitiva sobre la cadena de custodia previa a su aparición en el catálogo de Auctioneum.
Con ese panorama, lo prudente es separar hechos de hipótesis. Hechos: la evaluación por imagen y la valoración técnica atribuidas a Sleightholme (ITSD) y la coincidencia con rasgos conocidos del tilacino. Hipótesis pendientes: precio real de la operación, identidad del adjudicatario si lo hubo y los eslabones de la historia completa de la pieza. Cuando aparezcan las fichas oficiales, esas incógnitas podrán resolverse.
Por qué interesa al cazador y al gestor
Para el mundo cinegético, el caso toca una tecla conocida: el valor de la taxidermia histórica como archivo de biodiversidad. Documentar bien una pieza, conservarla sin daños y etiquetarla con rigor puede marcar la diferencia entre un objeto curioso y un testigo científico valioso. Si una sociedad de cazadores, un museo local o un particular detectan una rareza, la cooperación con técnicos y museos es el camino sensato.
También invita a mirar la historia con calma. Hubo épocas con políticas de control de fauna hoy impensables. En España, por ejemplo, se pagaban recompensas por alimañas a comienzos del siglo XX. Recordarlo ayuda a colocar cada pieza en su tiempo, sin cargar sobre la caza legal contemporánea culpas que no le corresponden y sin perder de vista la relevancia patrimonial de lo que llega hasta nuestras manos.
Y una última lección: la fauna y su gestión importan más de lo que parece cuando se mueven piezas a escala global. Australia, por ejemplo, sufrió un vuelco ecológico tras introducir el conejo para la caza en 1859, como contamos en este reportaje sobre el impacto del conejo en el país. Poner contexto, contrastar fuentes y huir del sensacionalismo es la mejor vacuna para entender bien casos como el del tilacino.
