España cuenta con miles de sociedades deportivas de cazadores repartidas por todo el territorio nacional. Durante generaciones han sido una pieza esencial en la vida de nuestros pueblos, contribuyendo al mantenimiento de tradiciones, a la gestión responsable de la fauna silvestre y a la conservación de un patrimonio natural que pertenece a todos.
Sin embargo, muchas de estas entidades atraviesan una situación cada vez más complicada. El envejecimiento de sus socios, la falta de relevo generacional, el incremento constante de los costes de gestión y la despoblación que afecta a buena parte del medio rural español amenazan la continuidad de asociaciones que han desempeñado una función fundamental durante décadas.
En numerosos municipios, las sociedades de cazadores constituyen una de las asociaciones más numerosas y activas del tejido social local. Agrupan a decenas e incluso cientos de vecinos que comparten una afición, pero también un profundo compromiso con la conservación de su entorno y con el futuro de sus pueblos.
A diferencia de otras entidades culturales, deportivas o recreativas, las sociedades de cazadores han mantenido históricamente sus actividades gracias al esfuerzo económico de sus propios socios. Durante años apenas han solicitado ayudas públicas y han asumido con recursos propios actuaciones que benefician directamente al conjunto de la población.
Por eso considero que ha llegado el momento de abrir un debate sereno sobre el papel que desempeñan estas entidades y sobre la necesidad de que las administraciones locales las consideren colaboradoras estratégicas en la gestión y conservación del medio rural.

Mucho más que caza
Existe una visión simplista que identifica a las sociedades de cazadores exclusivamente con la práctica cinegética. Nada más lejos de la realidad. Quienes conocen el funcionamiento diario de un coto saben que la mayor parte del trabajo se realiza fuera de la temporada de caza. Los socios participan durante todo el año en labores de mejora de hábitats, instalación y mantenimiento de bebederos, recuperación de puntos de agua, siembras para la fauna silvestre, limpieza de caminos y acondicionamiento de espacios naturales.
Los acotados gestionados por sociedades locales se han convertido, en muchos casos, en auténticos espacios de conservación activa. Una labor silenciosa que rara vez ocupa titulares, pero que resulta imprescindible para mantener el equilibrio de numerosos ecosistemas.
A ello se suma una función que pocas veces se pone en valor: la vigilancia permanente del territorio. Los cazadores recorren semanalmente miles de hectáreas de campo y son, en numerosas ocasiones, los primeros en detectar problemas que afectan al patrimonio natural.
Una red de vigilancia que beneficia a todos
Incendios forestales en sus fases iniciales, animales heridos, vertidos ilegales, actividades furtivas o daños ambientales son identificados habitualmente por quienes mantienen una presencia constante en el medio natural.
Especial preocupación merece el creciente problema de los vertidos incontrolados de residuos y escombros en caminos rurales, montes y cauces públicos. Estas actuaciones generan importantes costes económicos para los ayuntamientos y provocan graves daños ambientales.
La presencia habitual de los cazadores sobre el territorio actúa como un elemento disuasorio frente a este tipo de comportamientos y favorece la detección temprana de los responsables.
Lo mismo ocurre con muchas actuaciones irregulares que se desarrollan en zonas alejadas de los núcleos urbanos, donde la vigilancia administrativa resulta más compleja. La actividad permanente de los cotos contribuye a proteger espacios naturales, caminos públicos y terrenos rurales que forman parte del patrimonio común de todos los vecinos.

Otro de los aspectos que merece ser destacado es la prevención de incendios forestales. Los cazadores constituyen una red de vigilancia distribuida por miles de hectáreas durante buena parte del año. En numerosas ocasiones son los primeros en alertar de una columna de humo o de una situación de riesgo, permitiendo una actuación rápida de los servicios de emergencia.
Gestión de fauna y defensa del medio rural
La gestión cinegética desempeña también una función esencial para mantener el equilibrio de determinadas poblaciones de fauna silvestre. La experiencia demuestra que cuando desaparece la gestión responsable de algunas especies comienzan a surgir problemas que afectan directamente a agricultores, ganaderos, administraciones públicas y ciudadanos.
El caso del jabalí es probablemente el ejemplo más evidente. Los daños agrícolas, los accidentes de tráfico y los riesgos sanitarios asociados al incremento de sus poblaciones han obligado a muchas administraciones a reconocer la importancia de una gestión adecuada.
No se trata únicamente de proteger los intereses de quienes practican la caza. Se trata de garantizar el equilibrio de los ecosistemas, la protección de los cultivos, la seguridad vial y la viabilidad de actividades económicas esenciales para el medio rural. Por todo ello, resulta necesario que los ayuntamientos reconozcan formalmente la función social, ambiental y preventiva que desarrollan las sociedades de cazadores.
Muchos municipios ya colaboran con estas entidades mediante ayudas económicas, cesión de terrenos municipales para actuaciones de mejora ambiental, suministro de materiales o apoyo logístico para proyectos de conservación. Estas medidas no deben interpretarse como subvenciones a una afición privada, sino como inversiones destinadas a proteger el patrimonio natural municipal y reforzar la conservación del territorio.
Cuando una sociedad de cazadores desaparece, el municipio pierde mucho más que una asociación. Pierde una parte de su tejido social, pierde capacidad de vigilancia y conservación, pierde colaboradores en la prevención de incendios y pierde a quienes durante décadas han actuado como auténticos custodios del territorio. Por eso creo que las administraciones locales deben apostar decididamente por apoyar a las sociedades de cazadores. No por lo que representan para los cazadores, sino por todo lo que aportan al conjunto del mundo rural.
