RECECHOS Ep. 6 | La caza como legado familiar

Un rececho de montaña que es mucho más que una cacería. En las laderas abruptas de la Sierra de Alcaraz y Segura, un cazador decide cumplir una promesa personal: seguir compartiendo jornadas de campo con su padre mientras ambos puedan caminar el monte. Lo que comienza como una búsqueda del macho montés (Capra pyrenaica) se convierte pronto en una historia de esfuerzo, aprendizaje y vínculo familiar, donde cada paso cuesta tanto como cada recuerdo que se crea.

Un rececho exigente en el reino del macho montés

La jornada arranca con las primeras luces del día filtrándose entre encinas y pinares de la sierra. El escenario es una de esas montañas que no regalan nada al cazador: barrancos profundos, pedrizas interminables y laderas donde la distancia engaña constantemente. Aquí, recechar significa subir, observar, volver a subir y aceptar que la montaña siempre tiene la última palabra.

Padre e hijo se adentran en el coto de un amigo que les ha indicado varias querencias habituales de las cabras monteses. Deciden afrontar el reto en solitario, sin guía, confiando únicamente en los consejos previos y en su propia intuición como cazadores. Equipados con rifle de precisión y óptica Swarovski, comienzan a recorrer las zonas más prometedoras del terreno.

Para ambos, acostumbrados al rececho del corzo (Capreolus capreolus), el cambio de escenario resulta evidente desde el primer momento. Donde antes bastaba con moverse entre monte bajo y sembrados, ahora se enfrentan a una montaña áspera que exige resistencia física y paciencia. Y en ese contexto, la figura del padre cobra un significado especial.

Con una rodilla destrozada por un antiguo accidente en los encierros de San Fermín, cada paso para él supone un esfuerzo enorme. Sin embargo, sigue avanzando con determinación, deteniéndose a descansar cuando el dolor aprieta, pero sin renunciar ni un segundo a la jornada. La pasión por la caza pesa más que cualquier limitación física.

El encuentro con el macho montés

Tras varias horas de búsqueda, la paciencia empieza a dar sus frutos. En una primera observación detectan una hembra y un macho joven, que descartan inmediatamente. No es el animal que buscan.

Más tarde, desde una pequeña atalaya natural, la óptica revela finalmente la silueta esperada: un macho montés adulto tumbado en el fondo de un valle, a unos 300 metros de distancia. Es un animal maduro, dominante en su zona, exactamente el tipo de ejemplar que el gestor del coto les había recomendado abatir.

El cazador observa durante largos minutos, analizando cada detalle del animal y esperando el momento adecuado. Cuando el macho se incorpora, ajusta el visor y controla la respiración.

El disparo rompe el silencio de la sierra.

El impacto es certero. El macho recorre apenas unos metros antes de caer definitivamente en el fondo del barranco.

Mucho más que un trofeo

La recuperación del animal confirma lo que ya sospechaban: se trata de un macho adulto, con alrededor de siete años, bien formado pero con cuernas algo cortas para su edad. Un ejemplar perfecto desde el punto de vista de la gestión.

Sin embargo, cuando el día empieza a apagarse sobre las montañas de Alcaraz, el trofeo pasa a un segundo plano. Lo que realmente queda en la memoria de ambos no son los centímetros del animal, sino el camino recorrido juntos para llegar hasta él.

Porque el rececho, en esencia, consiste en algo mucho más profundo que abatir una pieza: entrar en un mundo que no nos pertenece e intentar pasar desapercibidos en él durante unas horas.

Y en esa jornada, padre e hijo han descubierto que, a veces, la verdadera recompensa de la caza está en compartir el monte con quienes nos enseñaron a amarlo.

Compártelo

Relacionadas

Scroll al inicio