Un amanecer lento sobre La Mancha en Medio
Hay días en el campo que no empiezan de golpe. Días en los que la luz se abre paso con la misma solemnidad con la que un toro asoma por toriles. Así amanece en La Mancha en Medio, uno de los enclaves más cuidados de Sierra Morena, donde una espera silenciosa se convierte en una experiencia cargada de verdad. Allí, el maestro David Fandila “El Fandi” cambia el traje de luces por el monte para vivir un rececho de gamo (Dama dama) que mezcla tradición, respeto y oficio.
Ese es el punto de partida de una jornada que late al ritmo de la dehesa: silencios pesados, pasos medidos y un aire que invita a caminar despacio, como quien entra en una plaza donde cada gesto importa. La emoción no es estridente; es profunda. Un tipo de emoción que engancha tanto al cazador veterano como a quien se acerca por primera vez a este mundo.
Un rececho que une toreo y caza
El Fandi recorre el monte con la misma mirada larga que lleva años afinando frente al toro. Lee querencias, interpreta distancias, reconoce las zonas queridas por los animales. Nada es casual. El rececho, en terrenos abiertos como este, exige un equilibrio particular entre paciencia y determinación; una forma de “temple” que recuerda inevitablemente al ruedo.
Acompañado por su cuadrilla y por el chef David Montes, avanza entre jaras y encinas buscando un gamo viejo, un animal que ya ha cumplido su papel en la población y cuya extracción mantiene el equilibrio de la finca. Es un modelo de gestión cinegética sostenible, una de las claves del sistema de La Mancha en Medio, donde la selección y el manejo forman parte del día a día.
Los primeros avistamientos llegan pronto: venados, ciervas, siluetas inquietas entre claros de monte. Pero no el gamo buscado. La jornada obliga a seguir leyendo el terreno. A lo lejos, más allá de un barranco, aparece por fin un pequeño grupo. Están a más de cuatrocientos metros, demasiado lejos para un lance ético. Como en el toreo, la distancia marca el ritmo. El Fandi decide avanzar para cortar terreno. El monte ofrece posibilidades: entradas laterales, vaguadas, sombras que permiten aproximarse sin ser visto.
Lo consigue. A 150 metros, surge la oportunidad perfecta. El gamo asoma tras una carrasca; viejo, elegante, sabio. El cazador respira, fija, decide. El disparo suena limpio y el silencio vuelve a ocupar su lugar. Es un lance justo y necesario, como él mismo define minutos después.
Del monte a la mesa: la verdad de la carne salvaje
Cobrado el gamo, el protagonismo pasa a manos del chef Montes. Con precisión y respeto, muestra cómo la carne de caza se convierte en un producto de enorme valor gastronómico. Habla de la limpieza, del frío, del tratamiento correcto para evitar sabores indeseados. Prepara tartar, solomillo marcado y una hamburguesa de gamo que sorprende incluso a El Fandi.
Su mensaje es claro: la carne de caza dignifica la actividad, conecta con un kilómetro cero real, devuelve sentido a un proceso que une campo, cocina y cultura rural.
Un final que huele a dehesa
La tarde cae sobre Sierra Morena igual que se vacía una plaza tras una faena emocionante. El Fandi camina en silencio, firme y atento, agradecido al monte y al animal. No hay aplausos, pero sí un respeto profundo que resume el espíritu de la jornada.
Porque este episodio no es solo un rececho. Es un recordatorio de que la caza —como el toreo— habla de verdad, libertad y vínculos antiguos con lo salvaje. Mientras haya quien camine el campo con humildad, esa verdad seguirá viva.








