MONTERÍAS HORNADY: Batidas en Los Pirineos

Una montería de montaña donde el Pirineo dicta las reglas

Una mañana gris, con la lluvia amenazando desde primera hora, sirve de telón de fondo a una montería de montaña en uno de los escenarios más salvajes del norte peninsular. En el Pirineo leridano, donde el relieve impone respeto y cada decisión cuenta, el equipo de Monterías Hornady afronta una jornada marcada por la incertidumbre meteorológica y la promesa de emociones auténticas.

La cacería se centra en el jabalí (Sus scrofa), una especie que en esta zona de alta montaña encuentra refugio, alimento y tranquilidad. Los daños en prados y fincas son evidentes, y la montería se plantea no solo como una experiencia cinegética, sino también como una herramienta de gestión del territorio. A diferencia de las monterías clásicas de dehesa, aquí todo es más vertical, más físico y más imprevisible.

Montería de montaña en el Pirineo: técnica, perros y decisiones rápidas

La jornada arranca con nervios contenidos. Organizar una batida en estas condiciones no es sencillo: puestos, rehalas, postores y cazadores deben coordinarse con precisión. El mal tiempo obliga a cambiar planes sobre la marcha y a adentrarse en una mancha no prevista, una olla cerrada de montaña donde los jabalíes suelen encamarse cuando bajan las temperaturas.

Los puestos, auténticos balcones naturales, dominan canales, portillos y pasos obligados. La niebla añade tensión y limita la visibilidad, pero también refuerza esa sensación de caza primitiva que define la montería de montaña. Los perros trabajan abajo, rompiendo el monte, mientras los cazadores esperan atentos cualquier movimiento entre las piedras y el matorral.

En mitad de la batida, la naturaleza regala un instante inesperado: la entrada de un corzo (Capreolus capreolus) de montaña, perseguido por los perros. No es especie objeto de caza, pero su aparición resume la riqueza faunística del entorno y deja una imagen difícil de olvidar.

El lance, el esfuerzo y el valor del equipo

El momento clave llega cuando un cochino de montaña rompe desde abajo, recortándose entre canales. El disparo, realizado en movimiento, no lo deja seco, pero el animal cae tras recorrer apenas unos metros. El cobro confirma la efectividad de la munición y el buen trabajo conjunto entre cazadores y perros.

La escena final no es menos intensa: sacar un jabalí de 50–60 kilogramos por una pendiente pirenaica exige fuerza, equilibrio y compañerismo. Sofía, protagonista del lance, simboliza esa nueva generación de cazadores que vive la caza con pasión, respeto y compromiso. Aquí no hay gestos grandilocuentes, solo sudor, sonrisas y la satisfacción del trabajo bien hecho.

La montería termina como empiezan siempre las buenas jornadas: compartiendo historias, repasando lances y entendiendo que la caza, más allá del disparo, es convivencia, viaje y territorio. En el Pirineo, una vez más, la montaña ha marcado el ritmo y ha dejado claro que cada jornada es un regalo que no se repite igual dos veces.

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