Montería en El Pantano

Una mañana fría, marcada por la lluvia y el viento, espera a los monteros en la finca Pelilla, en las tierras salmantinas de Ledesma. La mancha elegida para la jornada, conocida como El Pantano, promete emociones fuertes. Siete puestos, cupo de dos venados por montero y jabalí libre. Sobre el papel, una montería clásica de la dehesa española. En el monte, una jornada donde cada lance puede cambiarlo todo.

Desde primera hora, el ambiente es el que cualquier aficionado reconoce al instante: saludos entre monteros, el sonido de las rehalas preparándose y ese silencio expectante que precede al sorteo de puestos. La organización recuerda las normas básicas de seguridad y los cazadores recogen sus tarjetas. Poco después, cada uno se encamina hacia su postura, sabiendo que en una finca de más de 700 hectáreas quizá no vean a ningún vecino durante toda la jornada.

Venados y jabalíes en la mancha del Pantano

La montería comienza con el eco lejano de las rehalas empujando la caza. No tarda en producirse el primer movimiento. Los perros sacan de los encinares a los venados (Cervus elaphus), que rompen hacia los puestos con esa mezcla de fuerza y elegancia que define a la especie. Algunos monteros tienen la oportunidad de tirar pronto, aunque no siempre la fortuna acompaña.

Uno de los protagonistas de la jornada lo vive en primera persona. Tres venados grandes cruzan por su puesto y los falla, una situación que cualquier montero conoce bien: segundos de tensión, el corazón acelerado… y el disparo que no termina de ser el que uno esperaba.

Pero la montería siempre da segundas oportunidades.

Poco después, a apenas veinte metros, aparece un jabalí (Sus scrofa) entre la maleza. El lance es rápido. Dos disparos y el animal queda en el sitio. La espina de los venados fallados se suaviza con la emoción del momento.

Mientras tanto, en otros puestos los venados siguen rompiendo monte. Las cámaras captan también escenas intensas del trabajo de las rehalas, auténtico motor de la montería. En un momento especialmente espectacular, varios perros siguen a un jabalí que intenta refugiarse en una charca. La tensión crece mientras el animal busca salida y los cazadores observan atentos.

El monte está vivo.

A lo largo de la mañana se suceden los lances. Algunos monteros consiguen abatir buenos ejemplares, mientras otros disfrutan simplemente del espectáculo que ofrece la mancha cuando las reses se mueven.

Un plantel que refleja el trabajo del monte

Cuando las rehalas regresan a los camiones y los cazadores recogen sus puestos, comienza otro momento clásico de cualquier montería: la formación del plantel.

En el cortijo de la finca Pelilla, bajo un cielo todavía encapotado, van apareciendo las reses cobradas durante la jornada. Entre ellas destaca un venado de catorce puntas, además de varios jabalíes que confirman el buen movimiento de la mancha.

La organización hace balance. Prácticamente todos los puestos han cumplido el cupo de venados y la presencia de jabalíes ha sido notable. La lluvia complicó algunos lances, empañando visores y dificultando la puntería, pero la montería ha respondido a las expectativas.

Al final del día, entre conversaciones, fotografías y el sonido de los remolques descargando las últimas reses, queda la sensación de haber vivido una auténtica jornada de montería española, donde tradición, gestión del monte y emoción se entrelazan en cada lance.

Porque en lugares como Pelilla, cuando las rehalas rompen el silencio del encinar, la montería sigue siendo mucho más que una forma de cazar: es una forma de vivir el monte.

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