No sabría decir cuál de los dos me emociona más. El celo del corzo tiene algo que ningún otro momento de la caza consigue igualar, quizá porque durante unos días el monte parece romper sus propias reglas. El animal más desconfiado, el fantasma de los ribazos, el rey silencioso del barranco más oculto empieza a cometer errores. Sale antes. Responde al reclamo. Persigue y acosa hasta perder el juicio. Se deja llevar por ese instinto que durante el resto del año lo mantiene escondido y vivo. Y ahí, justo ahí, el cazador tiene la oportunidad de entrar en su mundo.

En julio de 1998 cacé mi primer corzo. Fue en pleno celo y  acompañado de mi padre y de mi tío Carlos. Sin ellos nada de lo que siento hoy por el campo sería igual. A su lado he vivido amaneceres de julio que todavía recuerdo mejor que muchas conversaciones importantes de mi vida. Madrugones con el termómetro marcando temperaturas imposibles. Camisas sudadas y silencio. De pronto todo estalla. Una carrera frenética, un corzo cruza un rastrojo con el cuello estirado y una corza comienza hacerle caso. El pulso se acelera. Sabes que cualquier decisión hay que tomarla en segundos. Y después, cuando todo sale bien, queda algo difícil de explicar a quien no lo ha vivido. La sensación de haber participado, aunque sea durante un instante, en uno de los momentos más intensos de la naturaleza salvaje.

 Un mes de locura

Julio huele a tomillo seco y a cereal recién cosechado, pero también a ganado bravo, vino y magras con tomate. Porque mientras media España busca playa y aire acondicionado, miles de personas sienten una llamada distinta cuando se acerca el 7 de julio. A mí me pasa desde pequeño. Hay algo de hipnótico en ver correr un toro bravo por las calles de una ciudad en la que la mitad duerme y la otra no se ha acostado aún. 

Dos corzos en celo. ©Shutterstock

Es toda una conjunción de miedo, tensión y respeto, porque en los encierros no existe la ficción. Ahí no hay filtros ni discursos woke capaces de domesticar lo que ocurre. Un toro de 600 kilos sigue siendo un animal imprevisible, y el hombre que corre delante sabe perfectamente el riesgo que afronta cada mañana. Quizá por eso emociona tanto. Mi padre y mi tío Carlos también fueron quienes me enseñaron todo sobre los encierros de Pamplona. Gracias a ellos entendí desde niño que aquello no era una fiesta cualquiera ni un simple espectáculo para turistas. Me enseñaron a respetar al toro bravo, a comprender la liturgia del recorrido, el silencio previo al cohete y esa mezcla de miedo y admiración que sólo se siente cuando la manada aparece al galope por la cuesta de Santo Domingo. He visto encierros desde la calle, desde balcones y pegado a una televisión en bares donde nadie pestañea durante dos o tres minutos. Y siempre siento lo mismo cuando se apaga el último canto al santo. Esa mezcla de nervios y admiración que sólo provocan las cosas verdaderas.

 La emoción de lo auténtico

San Fermín representa algo profundamente español que a veces parece incómodo reconocer hoy en día: nuestra relación ancestral con el toro bravo. Una relación compleja, intensa y llena de matices que muchos intentan simplificar sin haber pisado jamás una ganadería ni haber sentido el temblor de una manada pasando a centímetros de tu cuerpo. Igual que ocurre con la caza.

Tal vez por eso me gustan tanto estas dos fechas que coinciden en julio. Porque ambas hablan de verdad, de campo, de tradición y de emoción. De animales salvajes y de personas dispuestas a levantarse de madrugada, pasar calor o asumir riesgos –en mayor o menor medida– para sentirse vivas durante unos minutos en una época que intenta convertir todo en cómodo, rápido y artificial. Pero la caza y los encierros de San Fermín siguen escapando a eso. No se pueden controlar del todo. No entienden de algoritmos ni de postureo. Funcionan bajo normas mucho más antiguas. Y quizá ahí resida precisamente su belleza y hacen que julio siga siendo mi mes favorito. Porque todavía conserva cosas que no se pueden fingir.

Carlos Vignau

Redactor especializado en caza mayor y contenidos audiovisuales.

Es la voz de Cazaflix. Licenciado en Periodismo, ha trabajado en medios relacionados con el mundo taurino, la pesca y la caza. Su perfil combina experiencia en prensa escrita con sensibilidad por la narrativa visual, lo que lo convierte en una pieza esencial en la producción de reportajes y documentales de Cazaflix.