Encontrarse una piara de jabalíes caminando entre chalés, cruzando una calle o buscando alimento junto a los contenedores ha dejado de ser una escena excepcional en determinados puntos de la Costa del Sol La presencia de estos animales en urbanizaciones y espacios públicos del litoral malagueño se ha convertido en un problema recurrente, especialmente en aquellos núcleos residenciales situados junto a zonas de monte, arroyos y áreas de vegetación.
Uno de los ejemplos más claros se encuentra en Mijas Costa, donde las imágenes de jabalíes recorriendo urbanizaciones se suceden desde hace tiempo. Pero Mijas no constituye un caso aislado. La situación se repite en diferentes puntos de la franja litoral malagueña. En Manilva, por ejemplo, este mismo año se ha advertido nuevamente de la aparición de jabalíes en zonas habitadas y se ha pedido a vecinos y visitantes que mantengan la distancia, no los alimenten y lleven a los perros atados cuando se produzcan encuentros con estos animales.

¿Por qué los jabalíes están entrando en las urbanizaciones?
El problema tiene mucho que ver con la extraordinaria capacidad de adaptación de esta especie. El jabalí encuentra en muchas urbanizaciones unas condiciones especialmente favorables: agua disponible, jardines y zonas verdes donde refugiarse y, sobre todo, alimento fácil de conseguir.
Contenedores, bolsas de basura, restos de comida, comida destinada a gatos u otros animales y personas que directamente alimentan a los jabalíes terminan funcionando como auténticos reclamos. Cuando una piara localiza una fuente de alimento relativamente segura, puede incorporarla rápidamente a sus desplazamientos habituales.
A ello se suma la propia configuración urbanística de buena parte de la Costa del Sol. Numerosas urbanizaciones se encuentran prácticamente pegadas al monte o comunicadas con él mediante arroyos, vaguadas y corredores de vegetación. La frontera entre el hábitat del jabalí y las zonas ocupadas por el hombre es, en determinados lugares, extremadamente estrecha.
No es un fenómeno nuevo. Ya en 2025, la Agencia EFE advertía de que episodios que inicialmente podían parecer anecdóticos —jabalíes entrando en colegios, llegando hasta playas o apareciendo junto a centros comerciales— se estaban convirtiendo en situaciones cada vez más frecuentes en la provincia de Málaga.
Marbella lleva años intentando contener su presencia
Marbella es otro de los municipios que conoce bien este problema. El Ayuntamiento ha desarrollado actuaciones de control y campañas informativas en lugares especialmente afectados como Bello Horizonte, Xarblanca o Nagüeles, además de áreas vinculadas a cauces.
Entre las medidas adoptadas se encuentra la instalación de jaulas de captura y las recomendaciones dirigidas a comunidades de propietarios, urbanizaciones y campos de golf próximos a puntos conflictivos para mejorar cerramientos y vallados. Las autoridades locales también han insistido en una cuestión fundamental: no proporcionar alimento a estos animales y depositar correctamente la basura para evitar generar nuevos puntos de atracción.
La situación también alcanza a la capital. El Ayuntamiento de Málaga comunicó el pasado mes de agosto que había reducido de unos 120 a 37 los jabalíes y cerdos asilvestrados detectados en zonas próximas al casco urbano durante el último año y medio. De ellos, 26 continuaban accediendo habitualmente a áreas urbanas, especialmente en Parque Clavero y Cerrado de Calderón-La Mosca. El consistorio asegura haber capturado 59 ejemplares desde el comienzo de su plan de actuación.
Un problema que este verano ha adquirido también una dimensión sanitaria
La convivencia cada vez más estrecha entre jabalíes y personas preocupa además por una cuestión que va más allá de los daños en jardines, accidentes de tráfico o encuentros potencialmente peligrosos.
Un estudio epidemiológico desarrollado por la Cátedra One Health-Colegio de Veterinarios de Málaga de la Universidad de Málaga y la Universidad de Córdoba analizó 80 jabalíes y cerdos asilvestrados procedentes de municipios entre los que se encontraban Málaga, Marbella, Fuengirola y Benahavís. La investigación se desarrolló entre diciembre de 2024 y enero de 2026.

Los resultados han mostrado una elevada circulación de agentes patógenos entre estos animales. Más del 90 % de los ejemplares analizados había estado expuesto a algún patógeno y alrededor del 86 % presentaba agentes con potencial zoonósico, es decir, capaces potencialmente de transmitirse entre animales y personas. Entre los agentes identificados se encuentran Blastocystis spp. y el virus de la hepatitis E.
Los especialistas insisten, no obstante, en que estas cifras no significan que exista actualmente una alarma sanitaria ni que esos jabalíes estén transmitiendo enfermedades de forma generalizada a las personas. Lo que ponen de manifiesto es la conveniencia de reducir el contacto directo entre fauna silvestre, seres humanos y animales domésticos.
Un animal salvaje que está perdiendo el miedo al hombre
La habituación es precisamente uno de los principales problemas que genera la presencia continuada de jabalíes en ambientes urbanos. Un animal que encuentra alimento repetidamente junto a viviendas acaba relacionando estos lugares con una fuente sencilla de recursos y puede reducir progresivamente su distancia de seguridad respecto a las personas.
Por eso, las recomendaciones se repiten en prácticamente todos los municipios afectados: no dar comida a los jabalíes, no intentar tocarlos ni acercarse para fotografiarlos, mantener los perros controlados y evitar cualquier acción que pueda hacer que el animal se sienta acorralado.
El jabalí sigue siendo un animal salvaje, fuerte y capaz de reaccionar de manera defensiva cuando percibe una amenaza, especialmente cuando se trata de una hembra acompañada de crías.
La Costa del Sol representa así uno de los ejemplos más evidentes de un fenómeno que se está produciendo en numerosos puntos de España: el crecimiento y expansión del jabalí y su progresiva adaptación a ambientes profundamente humanizados. En determinadas urbanizaciones malagueñas, la frontera entre el monte y la ciudad se ha vuelto tan difusa que encontrarse una piara al salir de casa ya no resulta una imagen excepcional.
