Grullas en otoño: por qué cantan sobre pueblos y ciudades

El trompeteo de las grullas inunda estos días campos y ciudades españolas durante su migración otoñal desde el norte de Europa hacia el sur

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Hay un sonido que no se confunde con ningún otro en el campo español de estas semanas. Llega desde muy alto, a veces entre nubes, y antes de que puedas localizar a sus dueñas ya sabes qué son: las grullas, de vuelta a su cita anual con el otoño ibérico. El fenómeno no es exclusivo del monte. Esa misma llamada ronca y persistente también se cuela entre bloques de pisos y avenidas, porque muchas ciudades quedan justo bajo los corredores que siguen los bandos durante el viaje.

La protagonista es la grulla común (Grus grus), un ave zancuda de gran tamaño que cada año conecta el norte y el centro de Europa con el sur peninsular y el norte de África. Según datos difundidos este fin de semana por el coordinador del censo nacional de grullas, José Antonio Román, España contabilizó al menos 18.030 grullas comunes entre el 19 y el 25 de octubre, en plena fase de intensa actividad migratoria hacia las zonas de invernada del sur y el oeste peninsular. Extremadura encabeza ya ese reparto por comunidades, con Castilla-La Mancha y Aragón inmediatamente detrás, lo que confirma que el grueso del movimiento avanza estos días hacia el suroeste.

Un trompeteo que se escucha a kilómetros

El sonido de la grulla no es un simple adorno sonoro del otoño: es su sistema de comunicación en pleno vuelo. Se trata de un trompeteo áspero y de largo alcance, posible gracias a una tráquea muy larga y enrollada dentro del esternón, que funciona como caja de resonancia natural. Distintas fichas ornitológicas coinciden en que ese bramido puede oírse a varios kilómetros de distancia, lo que explica que a menudo se escuche el bando antes de llegar a verlo.

Esa llamada constante cumple una función muy concreta: mantiene unido al grupo cuando vuela de noche, cuando hay poca visibilidad o cuando el bando se extiende mucho en el cielo. Las familias viajan juntas y los jóvenes, que aprenden la ruta y los lugares de parada de los adultos, emiten silbidos más agudos cuando siguen a sus progenitores en vuelo. En el campo, el coro se intensifica cuando los bandos se aproximan a un humedal para pasar la noche o quieren levantar el vuelo al amanecer; sobre pueblos y ciudades, en cambio, lo habitual es oír una sucesión de llamadas que cruza el cielo sin que llegue a verse el origen.

De dónde vienen y hacia dónde se dirigen en otoño

La grulla común utiliza tres grandes rutas migratorias en Europa: una oriental que sale de las estepas rusas, cruza Turquía y llega hasta Etiopía y Egipto; una central que nace en Polonia y atraviesa Italia y los Balcanes hasta el norte de África; y la ruta occidental, la que afecta a España, que reúne a aves procedentes de Alemania, Suecia, Finlandia, Noruega, Estonia y otros países del entorno báltico, además de zonas de Rusia occidental, según detalla la información oficial del Festival de las Grullas de la Junta de Extremadura.

España es, dentro de esa ruta occidental, el principal destino de invierno de las grullas europeas. Extremadura concentra la mayor parte de la población invernante: el censo de diciembre de 2025 contabilizó 84.777 ejemplares en la comunidad, de un total nacional de 185.249 grullas, lo que supone más del 45% del censo español. La propia Junta extremeña calcula que el conjunto de hábitats que usan estas aves —zonas de campeo, alimentación y dormideros— ronda las 1.835.000 hectáreas, el 44% de la región, un dato que da una idea del peso que tiene la especie en la gestión del territorio agrario extremeño.

En su camino hacia el suroeste, buena parte de los bandos hace escala en la laguna de Gallocanta, entre las provincias de Zaragoza y Teruel, uno de los puntos de parada más conocidos del paso migratorio ibérico. Allí, el censo oficial del Gobierno de Aragón de la temporada pasada reflejó un patrón claro de llegada progresiva: 297 grullas el 14 de octubre, 7.032 una semana después y un máximo de 19.222 ejemplares el 18 de noviembre, antes de que la mayoría continuara viaje. Para la temporada actual, la Red Natural de Aragón confirmó a mediados de octubre la llegada de las primeras aves de forma gradual, en línea con lo habitual en esta fase inicial del paso.

La ciencia detrás de la formación en V

La V no es un capricho estético, sino una solución aerodinámica. Cuando un ave bate las alas genera remolinos de aire en las puntas: justo detrás y a los lados de cada individuo se forma una corriente ascendente que el siguiente puede aprovechar para sostenerse en el aire con menos esfuerzo. Volar pegado detrás del centro de otra ave, en cambio, significa toparse con aire descendente y gastar más energía. Por eso cada grulla busca una posición ligeramente retrasada y desplazada hacia un lado, y al repetirse ese patrón en todo el grupo aparece la característica formación en V, que reduce el gasto energético del conjunto del bando.

La grulla que va en cabeza es la que más esfuerzo hace, porque no tiene delante ninguna corriente que aprovechar. Por eso el liderazgo rota: el ejemplar que abre la fila va cediendo su puesto a otro conforme se cansa, y vuelve a ocupar una posición más cómoda dentro de la formación. A esa ventaja física se suma otra, menos visible pero igual de importante: la V facilita que cada ave mantenga contacto visual con el resto del grupo y permite coordinar mejor los cambios de rumbo durante trayectos que pueden prolongarse cientos de kilómetros seguidos, de día y de noche, cuando las condiciones meteorológicas lo permiten.

Cómo disfrutar del paso migratorio sin molestar a las aves

Para quien quiera salir al campo a verlas, los momentos más favorables suelen ser el amanecer, cuando los bandos abandonan los dormideros hacia las zonas de alimentación, y el atardecer, cuando regresan a pasar la noche. Unos prismáticos bastan para disfrutar de la escena sin necesidad de acercarse en exceso, y conviene mantener distancia respecto a los dormideros y evitar cualquier actividad que pueda levantar al bando de forma brusca, ya que cada sobresalto implica un gasto de energía que las aves no pueden permitirse en plena migración.

En Gallocanta, la Reserva Natural Dirigida organiza cada temporada las rutas gratuitas «De ruta con las grullas», que este año arrancaron el 24 de octubre y se prolongan hasta principios de diciembre, con salidas de mañana y de tarde guiadas por un educador ambiental. Según los últimos datos disponibles sobre el comportamiento estacional del enclave, las mayores concentraciones en la laguna suelen producirse en la segunda mitad de noviembre, aunque el calendario exacto varía cada año en función del tiempo y la disponibilidad de alimento en origen.

Quien prefiera quedarse en la ciudad tiene una alternativa más sencilla: buscar un rato de cielo despejado, alejarse de los focos de luz directa y dejarse guiar por el oído. Las grullas pueden pasar a gran altura y resultar invisibles a simple vista, pero su trompeteo —ese sonido que atraviesa paredes y ruido urbano— sigue siendo la señal más fiable de que, una vez más, el otoño trae consigo uno de los movimientos migratorios más reconocibles de toda Europa. Un fenómeno que, de paso, recuerda el mismo vínculo entre fauna, campo y observación que atraviesa otros reportajes de Cazaflix sobre la vida en los humedales y el territorio rural español, como el proyecto AQUAVES, que estudia las aves acuáticas con la colaboración de cazadores en algunos de esos mismos enclaves.