Una montería en pleno corazón de Extremadura puede ser mucho más que una jornada de caza. En ocasiones se convierte en una ventana al pasado, un lugar donde se cruzan generaciones y donde el monte recuerda a cada paso que la tradición sigue viva. Eso es exactamente lo que ocurre en El Aguazal, una de las manchas más emblemáticas de Robledollano (Cáceres), escenario del quinto episodio de Días de Montería, titulado «El legado».
Desde las primeras luces del día, el ambiente que rodea la junta de cazadores deja claro que esta no será una montería cualquiera. Entre saludos, bromas y el humo de la lumbre matinal, los monteros comparten algo que va más allá del simple hecho de cazar: una forma de entender el campo heredada de padres y abuelos. Aquí nadie llega solo. La montería española siempre se vive en compañía.
Tras las explicaciones del capitán de la jornada y el tradicional rezo antes de entrar al monte, los cazadores ocupan sus puestos. La armada se sitúa en un valle cerrado de jaras y riscos, un terreno duro y espeso donde los animales encuentran refugio y donde el trabajo de las rehalas resulta decisivo.
Una montería entre venados y jabalíes
La jornada comienza con la tensión propia de cualquier montería. En cuanto los remolques se abren y los perros salen como una exhalación, el monte cobra vida. No tarda en escucharse la primera ladra, ese sonido que todo montero reconoce y que anuncia que las reses están en movimiento.
Las primeras piezas en mostrarse son los venados (Cervus elaphus), habituales en estas sierras extremeñas. Uno de ellos entra decidido entre las chaparras y atraviesa el cortadero con rapidez. El disparo es rápido y efectivo, dejando en el suelo un macho maduro de diez puntas.
Pero la montería aún guarda emociones más intensas. Poco después, un jabalí (Sus scrofa) rompe el monte siguiendo la misma vereda que el venado. El disparo impacta algo retrasado y el animal se interna en lo más sucio del jaral. Durante largos minutos, los perros mantienen la tensión del lance mientras lo siguen y lo acosan. Finalmente, la sorpresa llega cuando el animal aparece muerto: un navajero impresionante, de apenas setenta kilogramos pero con colmillos que revelan su edad y carácter.
La jornada continúa con nuevos encuentros fugaces, algunos tan rápidos que apenas dejan tiempo para reaccionar. En una ocasión, un jabalí irrumpe en el cortadero mientras un perro lo sigue muy de cerca. La decisión es clara: no disparar. En montería, el respeto por los perros y la seguridad están siempre por encima del lance.
Tradición, familia y respeto al monte
Más allá de los lances, Días de Montería #5 pone el foco en lo que realmente sostiene esta modalidad de caza: la transmisión familiar. Los protagonistas recuerdan sus primeras monterías acompañando a sus padres o abuelos, aprendiendo desde niños a leer el monte, respetar a los animales y valorar el trabajo de las rehalas.
La jornada termina con el cobro de las piezas y las conversaciones de regreso al cortijo. Allí, entre fotografías y comentarios sobre los lances del día, surge una pregunta inevitable: cómo será la montería dentro de treinta años.
La respuesta parece sencilla para quienes han vivido el campo desde pequeños. Cambiarán los rifles, los vehículos o incluso algunas normas, pero mientras exista alguien dispuesto a enseñar a los más jóvenes a amar el monte, la esencia seguirá intacta.
Porque al final, como demuestra esta jornada en El Aguazal, la montería no es solo una forma de cazar. Es un legado que se transmite de generación en generación, una cadena invisible que une pasado, presente y futuro en el mismo latido del monte.







