Cada mes de abril ocurre lo mismo. Se abre la temporada del corzo y, casi al mismo tiempo, se abre también la veda de las comparaciones, de los comentarios a media voz y de esa especie de ruido de fondo que generan las redes sociales. Basta con asomarse un rato para darse cuenta: fotos de trofeos, medallas, mediciones, primeros planos de cuernas prometedoras… y, detrás de todo eso, algo que no siempre se reconoce abiertamente, pero que está ahí: la envidia.
No es algo nuevo, ni mucho menos. La caza del corzo siempre ha tenido ese punto competitivo, ese componente de «a ver quién», que en ocasiones pesa más de lo que debería. Pero hoy, con las redes sociales, ese fenómeno se ha amplificado hasta un punto que resulta difícil de ignorar y en ocasiones hasta de soportar. Antes, lo que pasaba en el monte se quedaba en el monte o, como mucho, en el círculo cercano. Hoy, cada lance tiene escaparate y cada trofeo parece necesitar una validación inmediata.
Vivir una experiencia interior
Y ahí es donde empieza el problema. Porque el corzo, ese animal discreto, esquivo y fascinante, se convierte en ocasiones en una excusa. Ya no es el rececho, ni la estrategia, ni las horas de campo. Tampoco lo es la incertidumbre ni el aprendizaje. Lo que parece importar es la foto final, el tamaño de la cuerna, la edad del animal y el número de “me gusta”. Y en ese camino, casi sin darnos cuenta, se pierde algo mucho más valioso.

Se pierde el tiempo. Tiempo de verdad. Del que no se puede medir en centímetros ni en puntos CIC. Tiempo de campo, de ese que transcurre despacio, sin prisa, sin la presión de tener que demostrar nada. Tiempo para sentarse a observar, para fallar sin que pase nada, para disfrutar de un amanecer sin necesidad de traducirlo en una cuerna nueva en casa. Pero, sobre todo, se pierde el tiempo compartido.
Porque pocas cosas hay más valiosas en esta caza que salir al monte con tu padre y escucharle, aunque ya te haya contado esa historia mil veces. O caminar con tu hijo, enseñándole a mirar con los ojos alejado de una pantalla. O compartir un rececho con tu mujer, sin más objetivo que estar ahí, juntos, en silencio, viendo cómo el campo despierta y los problemas del día a día parecen diluirse o pertenecer a otro mundo que no es el nuestro.
Lo que no sale en las redes sociales
No hay medallas para eso, ni comentarios, ni likes. Pero es, probablemente, lo único que de verdad importa cuando pasa el tiempo y miras atrás. El problema no es que se publiquen trofeos. Eso forma parte del juego y siempre ha estado ahí. El problema es cuando olvidamos que el trofeo no es el centro de todo, sino una consecuencia. Cuando dejamos que la comparación sustituya al disfrute. Cuando empezamos a medirnos con otros en lugar de valorar lo que sentimos.

El corzo sigue siendo el mismo. Sigue saliendo a la siembra a primera hora, sigue engañando al cazador confiado y sigue poniendo a prueba a quien cree que ya lo sabe todo. Lo que ha cambiado es la forma en la que nosotros nos relacionamos con todo eso. Y quizá este sea un buen momento para parar un poco. Para salir al campo sin prisa, sin necesidad de contar nada después. Para dejar el teléfono en el coche y centrarse en lo que ocurre delante de nuestras narices. Para recordar por qué empezamos a cazar y qué es lo que realmente nos engancha de todo esto. Porque, al final, los mejores recuerdos casi nunca tienen foto.
Y cuando dentro de unos años miremos atrás, no recordaremos cuántos puntos tenía aquel corzo, ni cuántos «me gusta» tuvo aquella publicación. Recordaremos con quién estábamos y qué sentimos en ese momento. El corzo seguirá ahí cada abril. Las redes también. La decisión, como siempre, es nuestra.
