Hay una escena que se repite cada primavera. Un cazador posa orgulloso junto al corzo que acaba de abatir. El animal permanece en primer plano mientras el cazador retrasa varios pasos su cuerpo por detrás de él. El resultado es inmediato: el corzo, y especialmente el trofeo, parecen mucho más grandes de lo que realmente son. No hay Photoshop. No hay inteligencia artificial. Solo perspectiva. Y lo curioso es que prácticamente todos sabemos cómo funciona el truco.
La fotografía lleva jugando con la perspectiva desde que existe. Basta con alejar al cazador respecto al animal para que el corzo gane un protagonismo desproporcionado dentro de la imagen. Algo parecido ocurre con las fotografías en las que únicamente aparece la cabeza del animal. Si la cámara se acerca mucho al trofeo y dispara desde un ángulo ligeramente picado, las cuernas ocupan gran parte del encuadre y adquieren una sensación de volumen que puede llegar a sorprender incluso a quien contempla la imagen por primera vez.
No hay nada malo en buscar una fotografía bonita. Al contrario. Todos queremos guardar el mejor recuerdo posible de un rececho que quizá nos haya costado días de esfuerzo, madrugones, kilómetros y emociones difíciles de explicar. El problema aparece cuando la fotografía deja de ser un recuerdo para convertirse en una demostración.
Cuando la fotografía deja de contar la verdad
Entonces empieza la obsesión por encontrar el ángulo perfecto. El fotógrafo busca el punto desde el que el corzo parezca mayor, el cazador retrocede unos pasos detrás del animal y cada detalle del encuadre se orienta a conseguir un único objetivo: que el trofeo impresione más de lo que realmente impresiona delante de nuestros ojos.
Lo paradójico es que quienes llevan años cazando corzos suelen detectar el truco en apenas unos segundos. Saben interpretar las proporciones, la distancia entre el cazador y la pieza, el ángulo desde el que se ha tomado la fotografía o el efecto de una lente muy cercana al trofeo.
La mayoría identifica enseguida cuándo una fotografía está exagerando el tamaño del corzo. Es decir, el efecto suele impresionar precisamente a quienes menos experiencia tienen, mientras que los más veteranos simplemente sonríen. Quizá por eso merezca la pena hacerse una pregunta sencilla: ¿para quién estamos haciendo esa fotografía?
La única opinión que debería importar
Si la respuesta es para nosotros mismos, probablemente no haga falta exagerar nada. Dentro de diez o 20 años seguiremos viendo esa imagen y recordaremos exactamente cómo fue aquel rececho. Recordaremos el viento, el ladrido del corzo, el rececho entre los romeros, la emoción antes del disparo o la satisfacción al llegar hasta el animal. Ninguno de esos recuerdos depende de que las cuernas parezcan cinco centímetros más largas.
Sin embargo, cuando la fotografía se hace pensando únicamente en conseguir más «me gusta», más comentarios o más admiración, el recuerdo pasa a un segundo plano. Lo importante deja de ser la experiencia para convertirse en la apariencia. Y esa es una batalla imposible de ganar, porque siempre habrá alguien con un ángulo todavía más exagerado.
Los mejores fotógrafos de naturaleza suelen decir que una buena imagen cuenta una historia. En la fotografía cinegética ocurre exactamente igual. Muchas veces emociona mucho más una fotografía sincera, bien compuesta, donde se aprecia el paisaje, el entorno y el respeto hacia la pieza, que otra en la que todo gira alrededor de hacer creer que el trofeo es extraordinario.
No todos los corzos tienen que ser medallables. No todos los recechos terminan con el macho de nuestra vida. Y, precisamente por eso, cada uno tiene un valor distinto e irrepetible. Quizá la mejor fotografía sea aquella que, cuando la volvamos a mirar dentro de 30 años, nos haga recordar exactamente lo que sentimos aquel día, no lo que queríamos que los demás pensaran de nosotros. Porque, al final, el corzo siempre mide lo mismo. Lo único que cambia es la distancia desde la que decidimos mirarlo.
