Durante décadas SEO/BirdLife se presentó al mundo como una asociación ecologista que se apoyaba en la ciencia para trabajar en la conservación de las aves. Sus campañas contra la caza de determinadas especies nacían, nos contaban, de la fría imparcialidad de la ciencia. Una especie de iustitia de la naturaleza, con los ojos vendados, que estaba por encima de ideologías o pasiones y que señalaba el camino a seguir. Un camino que siempre apuntaba en la misma dirección: la de anular nuestra cultura cinegética.
Cuando el mundo cinegético empezó a desarrollar ciencia sobre las especies que cazaba empezamos a descubrir que la realidad a menudo divergía de esa ruta. La publicación del informe del silvestrazo, que desmontó un estudio elaborado por SEO/BirdLife para prohibir el silvestrismo, fue la primera en demostrar el uso subjetivo de la ciencia que ellos pretendían monopolizar. Y su reacción fue ponerse a la defensiva, lapidando públicamente a quienes osaban cuestionar sus dogmas de ciencia y sus imprecisiones. Recientemente, hemos visto cómo atacaban sin piedad un estudio que pretende poner cifras a la población de fringílidos en España, ante la posibilidad de que pueda usarse para reabrir esta modalidad que ya habían conseguido prohibir con su deficiente informe.
La ciencia, de argumento a trinchera
Miembros de SEO/BirdLife, entre los que se encuentra Beatriz Arroyo –quédense con este nombre–, firmaron una carta denunciando las conclusiones de este estudio científico, tratando de desprestigiarlo. Decían, según puede leerse, que hacía un «uso indebido de la ciencia» y trataban de echar por tierra su trabajo, el mayor de estas características hecho en nuestro país. Beatriz Arroyo es también directora del Instituto de Recursos Cinegéticos (IREC) y la responsable de redactar el informe español para Europa en el que se aconseja restringir la caza de la codorniz. La misma que ha ignorado los datos aportados por Coturnix, el mayor y más completo estudio realizado hasta la fecha, y se ha basado sólo en los de su organización ecologista, la cual utiliza un método impreciso y reconocidamente inútil para calcular el tamaño poblacional de la gallinácea.
Quién nos iba a decir que esa misma ciencia a la que se apelaba para declarar en peligro a muchas especies de aves era la que realmente iba a quedar amenazada por la ideología y el sectarismo de los ecologistas, a los que ahora les estorba. ν

