Hay rifles que elegimos después de comparar calibres, pesos, precisión o sistemas de cerrojo y hay otros que despiertan algo mucho menos racional. El exprés pertenece claramente a este segundo grupo. Basta colocar uno junto a un rifle convencional para comprender que estamos ante un arma diferente. Su báscula, sus dos cañones y la forma de abrirlo inmediatamente nos trasladan al mundo de las escopetas paralelas y superpuestas. Para muchos cazadores españoles que comenzaron detrás de perdices, conejos o liebres antes de dar el salto a la caza mayor, esa familiaridad explica una parte importante de su atractivo.
Pero el exprés no nació para provocar nostalgia. Su configuración responde a una necesidad cinegética muy concreta: disponer de dos disparos de rifle independientes e inmediatamente disponibles en situaciones de caza mayor en las que la rapidez podía resultar decisiva. Esa filosofía, nacida hace más de un siglo, continúa teniendo hoy una aplicación particularmente lógica en nuestros montes.
¿Qué es exactamente un rifle exprés?
A grandes rasgos, un rifle exprés es un arma basculante de dos cañones rayados. Su apariencia y funcionamiento recuerdan inmediatamente a una escopeta de dos cañones, pero está concebido para disparar munición metálica de rifle.
Podemos encontrarlos con los cañones dispuestos horizontalmente —yuxtapuestos— o verticalmente —superpuestos—. Los primeros constituyen probablemente la imagen más clásica del exprés y están íntimamente relacionados con los grandes rifles británicos que terminaron convirtiéndose en auténticos iconos de la historia de la caza.
Una de sus características esenciales es precisamente la independencia de sus dos cañones. Frente a otros sistemas que necesitan completar un ciclo mecánico antes de disponer del siguiente disparo, el exprés ofrece un segundo cañón preparado.
La historia del rifle doble está profundamente vinculada al desarrollo de las armas deportivas británicas y europeas durante el siglo XIX y a las grandes expediciones cinegéticas. A medida que evolucionaron los cartuchos metálicos y las pólvoras, los fabricantes desarrollaron rifles dobles cada vez más eficaces. Firmas británicas y centroeuropeas terminaron perfeccionando armas capaces de combinar potencia, rapidez y una extraordinaria calidad artesanal.
En la imaginación colectiva, el rifle doble quedó especialmente asociado a la caza africana y asiática. En situaciones en las que se perseguían animales de gran tamaño, disponer inmediatamente de un segundo disparo independiente podía ofrecer una ventaja evidente. De ahí nació buena parte de la leyenda que todavía acompaña al exprés.
Dos cañones que tienen que trabajar juntos
Fabricar un buen exprés plantea un desafío que no encontramos de la misma manera en un rifle de un solo cañón: ambos tubos deben ofrecer un comportamiento compatible a una distancia determinada.
Los dos cañones no ocupan exactamente el mismo eje y cada uno tiene sus propias vibraciones cuando se produce el disparo. Por eso su construcción y regulación requieren un trabajo específico para conseguir que los impactos de ambos resulten adecuados para la finalidad prevista. Esta característica ayuda a entender por qué los buenos rifles exprés han sido tradicionalmente armas costosas. No estamos simplemente ante dos cañones soldados a una báscula. La regulación forma parte esencial de su personalidad.
Hay que tener meridianamente claro que el exprés no tiene como objetivo principal conseguir agrupaciones diminutas a cientos de metros. Su terreno natural está mucho más cerca: caza dinámica, distancias contenidas y situaciones en las que prima la rapidez. Eso no significa que sea un arma imprecisa. Un buen exprés correctamente regulado puede ofrecer la precisión necesaria para el uso al que está destinado.
Simplemente responde a una filosofía diferente. Pedirle que compita con un rifle especializado en disparos largos sería juzgarlo por una cualidad para la que nunca fue concebido.
Y entonces llegamos a España
Si trasladamos esa filosofía a la caza española encontramos rápidamente una modalidad que parece hecha para él: la montería. Un puesto de monte cerrado, un jabalí que cruza rápidamente una traviesa o un venado que aparece durante apenas unos segundos representan situaciones muy diferentes a un rececho en el que disponemos de tiempo para observar, medir la distancia y preparar cuidadosamente el disparo.
La montería es dinámica. Los lances pueden producirse a distancias relativamente cortas y desarrollarse en apenas unos instantes. Es precisamente en ese contexto donde las características del exprés adquieren todo su sentido.
Un rifle exprés puede ser compacto, manejable y rápido de encarar. Y ofrece dos disparos disponibles sin necesidad de accionar un cerrojo entre ellos. Estas cualidades encajan perfectamente con muchos puestos monteros, especialmente aquellos situados en monte cerrado donde las oportunidades aparecen y desaparecen con enorme rapidez.
El cazador puede mantener la atención sobre el lance sin realizar movimientos adicionales entre ambos disparos. Evidentemente, disponer de un segundo disparo inmediato no significa que haya que utilizarlo. Cada disparo exige identificar perfectamente la pieza, valorar el entorno y contar con absoluta seguridad. La rapidez del arma nunca modifica las reglas básicas que deben gobernar cualquier lance.
¿Por qué no es el rifle perfecto para todo?
Precisamente porque ninguna herramienta lo es. El exprés renuncia a algunas de las ventajas que encontramos en otros sistemas. Su capacidad está limitada a dos cartuchos antes de abrir el arma y la regulación de ambos cañones condiciona su comportamiento. Además, un exprés artesanal de alta gama puede alcanzar precios extraordinariamente elevados. Incluso dentro de las opciones industriales existe una complejidad de fabricación superior a la de muchos rifles convencionales.
Para un rececho en alta montaña o para quien busca realizar disparos a distancias elevadas, probablemente existan sistemas mucho más adecuados. Pero juzgar un exprés por esas circunstancias sería como juzgar una paralela pensada para un ojeo de perdices por su comportamiento en una competición de tiro.
La gran conexión con la escopeta
Y llegamos probablemente a la razón por la que tantos cazadores españoles sienten debilidad por estas armas. Muchos aficionados a la caza mayor no comenzaron con un rifle. Comenzaron con una escopeta. Aprendieron a cazar caminando detrás de un perro, esperando que arrancase un conejo de una mata o viendo desaparecer una perdiz sobre una ladera. Durante años abrieron y cerraron una paralela o una superpuesta cientos de veces hasta que aquel gesto terminó formando parte de su manera de entender la caza.
Después llegaron los rifles, los recechos, las monterías y los jabalíes. Y un día, los que tuvieron la oportunidad, tuvieron un exprés entre las manos.
Especialmente en un exprés yuxtapuesto, las similitudes visuales con las escopetas más tradicionales resultan evidentes. La báscula, la apertura del arma y la disposición de los dos cañones recuerdan inmediatamente a una paralela. Incluso la manera en la que el arma se mueve entre las manos puede resultar familiar para quien lleva toda la vida utilizando escopetas basculantes.
Esa conexión tiene un componente práctico, pero también uno emocional. Un cazador puede encontrarse sosteniendo un potente rifle de caza mayor y, al mismo tiempo, reconocer en él la arquitectura del arma con la que empezó a acompañar a su padre o a su abuelo detrás de las perdices. Pocas armas consiguen unir esos dos mundos de una manera tan evidente.
Aunque la imagen romántica del rifle doble suele ser la de dos cañones colocados uno junto al otro, los exprés superpuestos tienen una larga tradición y ofrecen exactamente la misma idea básica mediante una disposición vertical.
Del búfalo africano al jabalí español
Probablemente ahí se encuentre una de las partes más curiosas de su historia. El mismo concepto mecánico que alcanzó fama mundial acompañando a cazadores profesionales y expedicionarios en África terminó encontrando un espacio extraordinariamente lógico en la caza europea.
Cambian los calibres, cambian las dimensiones y cambia completamente el escenario. Pero permanece la idea fundamental: un rifle manejable con dos cañones y dos disparos inmediatamente disponibles. En España, el jabalí en montería representa posiblemente el ejemplo perfecto de esa adaptación.
Resultaría difícil defender que todos los cazadores de montería necesitan un exprés. No es cierto. Un buen rifle de cerrojo puede cumplir perfectamente su función. Las armas semiautomáticas ofrecen igualmente características muy adecuadas para muchas situaciones de caza colectiva.
La elección depende de multitud de factores. Pero quien compra un exprés raramente lo hace observando únicamente una tabla de prestaciones. Hay tradición, artesanía, estética y una forma determinada de entender la caza detrás de esa decisión.

