Hay una pregunta que funciona como contraseña en cualquier cuadrilla, tasca de pueblo o sobremesa de posguarda: ¿cómo se llamaba tu primer perro? No falla. Alguien sonríe, alguien niega con la cabeza como si todavía le costara creerlo y, de inmediato, aparece un nombre, una raza y una anécdota que lleva contándose el mismo número de años que llevan dejando de salir juntos al campo.
El primer perro de caza no siempre fue el mejor. Muchas veces fue justo lo contrario: el que se despistaba en el ribazo equivocado, el que tardaba una eternidad en entender una orden sencilla o el que decidía por su cuenta cuándo había terminado la jornada. Y sin embargo es, casi siempre, el que más se recuerda. No por sus resultados, sino por todo lo que hubo que aprender a su lado.
Los defectos que nadie olvida
Cuando un perro permanece en la conversación durante décadas, rara vez lo hace con una ficha perfecta. Vuelve acompañado de una costumbre: la manía de revisar siempre el mismo rincón del coto, la resistencia a subir al coche, una querencia imposible de corregir o una forma muy particular —y poco ortodoxa— de entregar la pieza. Esa mezcla de virtud y defecto es la que convierte a un perro cualquiera en el perro de toda una vida.
Mi primer perro se llamaba Teba. Era un teckel y tenía un defecto que, visto con los años, explica bastante bien su carácter: se creía mucho más grande de lo que era. Aquel cuerpo bajo, sostenido sobre cuatro patas cortas, debía de parecerle suficiente para medirse con cualquier cosa. El tamaño de los demás nunca le sirvió de advertencia.
Había en ella una inconsciencia que me traía de cabeza. Donde yo veía peligro, Teba encontraba algún motivo para acercarse. Y mientras yo calculaba lo que podía ocurrir, él ya había decidido que aquello era asunto suyo. Después venían mis voces y esa angustia de comprobar que un perro tan pequeño podía meterse en un problema tan grande.
Me gustaría atribuirlo todo al valor, pero creo que muchas veces, sencillamente, no percibía el riesgo. Le faltaba esa prudencia que hace detenerse, guardar distancia o dar media vuelta. Teba iba por la vida convencido de que podría resolver lo que encontrase al otro lado.
Fue mi primer perro y también el primero que me enseñó cuánto se puede querer a un animal cuyo carácter no hay manera de corregir del todo. Yo habría querido quitarle aquella temeridad para ahorrarme los sustos. Ahora, cuando pienso en ella, es precisamente eso lo que mejor recuerdo: lo pequeña que era y lo poco que parecía importarle.
Por qué el primero ocupa un lugar que ningún otro ocupa después
Hay una explicación sencilla, aunque no por eso menos cierta: con el primer perro se cometen los errores que después ya no se repiten de la misma manera. Se aprende a distinguir cuándo trabaja de verdad y cuándo se distrae, a no precipitar una entrada, a confiar en su nariz incluso cuando parece no tener sentido, y también a saber cuándo hace falta corregirlo con firmeza. Ese aprendizaje se queda grabado de una forma distinta a los que vienen después, porque fue el primero. La ciencia sobre memoria canina habla sobre todo de la capacidad del propio animal, no de por qué lo recordamos tanto nosotros. Distintos estudios sobre cognición animal señalan que los perros cuentan con memoria asociativa de largo plazo, capaz de mantener vínculos emocionales durante años. Pero el fenómeno inverso —por qué el cazador no olvida a su primer perro— pertenece más al terreno de la memoria autobiográfica humana que al de la etología, y no existe, de momento, un estudio específico sobre esta relación concreta que permita convertirlo en una conclusión cerrada.
Lo que sí resulta razonable, a falta de ese respaldo experto específico, es pensar que el recuerdo no pertenece solo al animal. Lleva pegada la versión más inexperta de uno mismo: las primeras madrugadas, las dudas delante de una muestra que no se sabía leer, las correcciones de un padre, un abuelo o un compañero de cuadrilla con más tablas. Hablar del primer perro es, en el fondo, hablar de cómo empezó uno a cazar.
Lo que deja en los perros que vienen después
El primer compañero suele convertirse también en una vara de medir silenciosa. A veces deja una preferencia por un determinado estilo de búsqueda; otras, una paciencia distinta con los cachorros nuevos o la firme decisión de no repetir un error de adiestramiento que entonces no se supo evitar. Aunque los perros que llegan después resulten más completos, más dóciles o más eficaces, el primero conserva algo que no se puede replicar: fue el que enseñó a trabajar en equipo con otro ser vivo en el monte. Esa transmisión se nota también en cómo se entiende después cada raza. Quien empezó con un setter inglés aprendiendo a leer una muestra en seco rara vez deja de valorar ese instante en el que el perro se detiene y cambia el ritmo de toda la jornada. Quien se inició con un teckel siguiendo un rastro de sangre entiende de otra manera la paciencia que exige un animal pequeño con una determinación que no guarda proporción con su tamaño. Y quien tuvo como primer perro un braco alemán polivalente aprendió pronto que el trabajo de un perro de caza no termina con el disparo, sino que continúa en la recuperación de la pieza.
Una historia que pertenece también a los lectores
No hace falta convertir este reportaje en una colección de despedidas. El primer perro no se recuerda porque ya no esté, sino porque sigue presente cada vez que se repite su nombre en una sobremesa, cada vez que un gesto de un perro actual recuerda al suyo o cada vez que una muestra bien aguantada obliga, sin querer, a pensar en aquella otra, la primera, la que enseñó a esperar. Esa es también la razón de este reportaje: necesitamos la voz de quienes lo vivieron. ¿Cómo se llamaba tu primer perro de caza? ¿Qué defecto te sacaba de quicio, qué manía conservó toda su vida y qué lance sigues contando igual de bien treinta años después? Cuéntanoslo en los comentarios o en las redes sociales de Cazaflix. No buscamos al perro perfecto. Buscamos al que te enseñó a cazar de otra manera, y ese casi nunca es el más completo del currículum, sino el primero.

