Hay jornadas que no se miden solo en capturas, sino en recuerdos. La montería en la finca Rosalejo arranca con esa sensación difícil de explicar: la de estar participando en algo que lleva décadas latiendo igual. Entre saludos, café temprano y el murmullo de los monteros, se respira tradición. No es una montería cualquiera; es una de esas en las que el tiempo parece detenerse.
Tradición, perros y monte: el alma de la montería española
La acción se desarrolla en un entorno típico de monte mediterráneo, con manchas accesibles pero querenciosas, donde el venado (Cervus elaphus), el jabalí (Sus scrofa), la cierva y el escaso muflón (Ovis orientalis musimon) encuentran refugio. La jornada reúne a monteros experimentados, muchos de ellos vinculados desde hace décadas a esta finca, bajo la organización de la familia de Lucas, verdadero pilar de esta tradición.
El sorteo marca el inicio formal, seguido de las indicaciones de seguridad, un elemento clave en cualquier montería. Con 15 rehalas listas, el monte pronto rompe su silencio. El sonido de los perros —ese latido característico— empuja la caza y eleva la tensión en cada puesto.
Los cazadores, armados con rifles como el Blaser R8 en calibre 7 mm o calibres .300, se preparan en testeros, traviesas y cortaderos. La estrategia es clara: esperar el momento justo. La montería tradicional exige paciencia, lectura del terreno y temple.
Los primeros lances no tardan en llegar. Disparos lejanos, carreras fugaces entre la espesura y decisiones tomadas en segundos. No todos los tiros culminan en éxito. Hay errores, confusiones —como ese venado que se interpreta tarde— y oportunidades perdidas. Pero también aciertos que compensan la espera.
El momento más intenso llega con un lance a un venado, que tras un disparo aparentemente sencillo obliga a un seguimiento tenso. Los perros entran en acción, guiando a los cazadores hasta confirmar la caída del animal. Es uno de esos instantes donde se mezclan alivio, adrenalina y respeto por la pieza.
Más allá de los trofeos: el valor de compartir la caza
La jornada avanza entre luces y sombras, con resultados desiguales según los puestos. Algunos logran abatir varias reses, mientras otros apenas tienen opciones claras. Sin embargo, el balance final habla de cifras sólidas: cerca de 35 venados, más de 20 jabalíes y varias ciervas de gestión.
Pero lo verdaderamente importante no está en los números. Está en los comentarios al final del día, en los abrazos, en las historias compartidas junto a los compañeros. Monteros que llevan más de medio siglo cazando juntos recuerdan que lo esencial no es el trofeo, sino el camino recorrido.
La montería en Rosalejo termina como empezó: con la sensación de haber vivido algo auténtico. Porque, al final, la caza no se entiende sin la gente con la que se comparte.

