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La montería que alguien quiso estropear

Un puesto de montería.

Un puesto de montería. © Carlos Vignau

Llevo muchos años cazando en la misma finca de la provincia de Ávila. No es una exageración ni una frase hecha: son muchas temporadas, jornadas duras de invierno, mañanas de frío y lances difíciles de olvidar. Es uno de esos lugares que, para el montero que repite, acaba formando parte de su propia biografía cinegética. Una finca en abierto, inclemente, exigente, pero siempre agradecida. Un sitio donde el jabalí se caza como debe cazarse: monteando, con perros con codicia y confiando en que todo encaje. Hasta este año…

La fecha estaba marcada en el calendario desde hacía meses. Como siempre, la organización había trabajado la mancha con mimo. Guardería encima, control de accesos, respeto absoluto por los tiempos y por el monte. Nada dejaba entrever que el día fuese a ser distinto a otros muchos vividos allí. Y, sin embargo, lo fue. Y no por causas naturales, ni por errores humanos, ni siquiera por una mala decisión de última hora. Fue distinto porque alguien decidió que no debía salir bien.

Cuando algo no cuadra en el monte

La sorpresa comenzó ya en los primeros compases de la montería. Los perros comenzaron a montear, pero la caza no rompía. Los cochinos no salían a los puestos como otras veces. Algo no cuadraba. Al principio, como ocurre siempre, se buscan explicaciones lógicas: que si el aire no es bueno, que si las nevadas de la última semana, que si la confirmadísima presencia del lobo en la zona… Pero pronto empezó a aparecer una realidad mucho más desagradable. Dentro de la mancha comenzaron a encontrarse botes de suavizante. No uno ni dos. Más de media docena, repartidos estratégicamente por el monte.

Algunos tirados en el suelo, otros colocados bocabajo y colgados de ramas, para que el contenido fuese goteando poco a poco. Los perreros los iban encontrando mientras avanzaban, incrédulos. El olor era inconfundible. Algunos monteros aseguraban que el perfume era tan fuerte que se percibía incluso desde los puestos. Aquello tenía un nombre. Y es un nombre que en el mundo de la caza suena especialmente sucio: chanteo.

Algunos de los botes utilizados para chantear la mancha.

El daño invisible

Chantear una finca no es una gamberrada ni una travesura. Es entrar deliberadamente en un terreno cinegético con el único fin de espantar la caza, de romper una montería y de causar un daño económico y moral a quienes la organizan. Es una acción premeditada, cobarde y profundamente dañina con la que no se busca aprovechar nada, ni cazar, ni disfrutar del monte. Sólo se pretende el mal ajeno.

El resultado fue evidente. Se cobraron muchos menos jabalíes de los que cabía esperar en una mancha que, año tras año, ha demostrado su altísimo potencial. Los perros trabajaron contra viento y marea, los perreros se dejaron la piel, los puestos estuvieron atentos en un día de frío y aire como pocos. Pero cuando la caza se siente acosada por olores artificiales, persistentes y ajenos al monte, hace lo único que puede hacer: huir y encamarse lejos. El daño ya estaba hecho mucho antes de que se abrieran los portones.

Y ese daño no se mide solo en jabalíes que no se cobraron. Se mide en el esfuerzo de todo un año tirado por tierra. En el trabajo silencioso de la guardería, en los desvelos de los organizadores, en el dinero invertido en preparar la mancha, en los permisos, en los seguros, en la logística. Porque una montería no se improvisa de un día para otro y quien chantea una finca lo sabe perfectamente.

Aquí conviene detenerse en un punto clave: no se trató de un fallo de organización ni de una dejadez en la gestión. Todo lo contrario. Precisamente por eso duele más. Porque cuando una montería sale mal pese a haber hecho todo bien, la frustración es doble. Y porque este tipo de actos no afectan solo a una jornada concreta, sino que pueden condicionar el comportamiento de la caza durante semanas.

Guardería y Guardia Civil, la otra cara del campo

Frente a esta realidad tan desagradable, hay que destacar también el papel fundamental de quienes sí están del lado del monte y de la ley. La guardería de la finca actuó con rapidez, documentando lo ocurrido y dando aviso. Y la Guardia Civil, una vez más, demostró que su presencia en el medio rural no es un mero trámite.

Porque no nos engañemos: el chanteo no es solo una falta de ética cinegética. Es una infracción, y en muchos casos un delito. Supone una alteración intencionada del aprovechamiento cinegético, un daño económico y una invasión ilegal de una propiedad o de un coto. Y debería ser tratado como tal.

Un coche de la Guardia Civil en una imagen de archivo. © Shutterstock

Personalmente, salí de aquella montería con una mezcla de tristeza y rabia. Tristeza por ver cómo un lugar al que tengo tanto cariño había sido profanado. Rabia por la impunidad con la que, demasiadas veces, se actúa contra la caza desde dentro. Porque quien hace esto conoce el campo, sabe cuándo entrar, dónde colocar los botes y cómo maximizar el daño. No es un desconocido. Este tipo de episodios obligan a reflexionar sobre el valor del trabajo bien hecho frente a la miseria moral de quien sólo busca destruir. La caza se sostiene gracias a personas que aman el monte, no gracias a quienes lo utilizan como arma arrojadiza.

La montería terminó. Los números no fueron los esperados. El monte se recupera. La caza vuelve. Y quienes trabajan con honestidad seguirán haciéndolo. Lo que no debería repetirse es la sensación de indefensión frente a actos tan bajos. Porque si permitimos que el chanteo se normalice, estaremos aceptando que cualquiera puede dinamitar el esfuerzo de muchos con un puñado de botes de suavizante. Y eso, sencillamente, no es admisible en un mundo que se dice amante del campo.

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