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Marco Polo

Hay cacerías difíciles y luego están aquellas que parecen rozar lo imposible. Esta es la historia de una obsesión, de una meta perseguida durante años y de una aventura que llevó a un arquero hasta los límites de su resistencia física y mental. En las remotas montañas de Kirguistán, entre valles interminables y cumbres que superan los 4.000 metros de altitud, un cazador se propone abatir con arco a uno de los animales más legendarios del planeta: el carnero Marco Polo (Ovis ammon polii).

Una de las cacerías más difíciles del mundo

La caza del Marco Polo ya supone un desafío extraordinario incluso utilizando rifle. Sin embargo, hacerlo mediante rececho con arco multiplica la dificultad hasta niveles que muy pocos cazadores han intentado afrontar. El hábitat de estos gigantescos argalíes está formado por enormes laderas abiertas, sin apenas cobertura, donde cualquier aproximación resulta extremadamente complicada.

Desde los primeros días, la montaña deja claro quién manda. El protagonista sufre los efectos del mal de altura, con episodios de agotamiento, náuseas y una debilidad que le impide incluso abandonar la tienda de campaña. Mientras tanto, el equipo recorre kilómetros a caballo y a pie buscando los escasos rebaños de carneros dispersos por aquellas inmensas extensiones.

Cuando finalmente consiguen acercarse a un gran ejemplar, llega también la primera gran decepción. Tras una aproximación perfecta, un pequeño error técnico provoca que la cuerda del arco golpee la chaqueta del cazador justo en el momento del disparo. La flecha pierde precisión y la oportunidad desaparece en cuestión de segundos.

Aun así, la caza continúa. Los días se suceden entre tormentas, fuertes vientos, cambios de campamento y largas jornadas de observación. El cansancio se acumula y las ocasiones siguen siendo escasas.

Fracaso, perseverancia y regreso a la montaña

La aventura no termina con aquella primera expedición. Tampoco con la segunda, marcada por problemas logísticos, conflictos con algunos guías y nuevas dificultades derivadas de la altitud. Incluso uno de los miembros del equipo desarrolla un grave edema pulmonar que obliga a evacuarlo.

Lejos de rendirse, el protagonista transforma cada fracaso en una lección. Dedica años a perfeccionar su técnica, estudia la influencia de la altitud sobre la trayectoria de la flecha y mejora su preparación física. La obsesión por el Marco Polo sigue intacta.

Cuando regresa por tercera vez a Kirguistán, lo hace acompañado por un equipo comprometido con el proyecto y con la confianza de quien ha aprendido de cada error cometido en el pasado. Las jornadas vuelven a ser durísimas, pero algo ha cambiado. Las aproximaciones son más precisas y las oportunidades comienzan a aparecer.

El disparo que cambió la historia

Después de 29 días de caza acumulados en tres expediciones, surge la ocasión soñada. Ante ellos aparece un viejo carnero, blanco, enorme y castigado por los años. Un animal que resume todo aquello que un cazador de montaña espera encontrar alguna vez en su vida.

La aproximación exige horas de esfuerzo. El grupo logra colocarse a distancia de disparo y el arquero afronta el lance más importante de toda su trayectoria cinegética. La flecha impacta y comienza una espera angustiosa cargada de incertidumbre.

Finalmente, el carnero cae.

La emoción desborda a todo el equipo. No se trata únicamente de haber abatido un magnífico Marco Polo. Lo realmente importante es todo lo que hubo detrás: los años de preparación, las derrotas, las dudas, los kilómetros recorridos, el apoyo de amigos y familiares y la determinación de seguir adelante cuando parecía que el sueño era imposible.

Porque esta historia demuestra que la verdadera recompensa de la caza con arco, del rececho de alta montaña y de la búsqueda del Marco Polo no siempre está en el trofeo. A veces se encuentra en el camino recorrido para alcanzarlo.

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