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En 1934 liberaron unos pocos mapaches en los bosques de Alemania: 90 años después, su población supera el millón y amenaza la biodiversidad europea

Mapache.

Mapache. © Shutterstock

En la primavera de 1934, cerca de la localidad de Vohl, en la orilla sur del lago Eder (Hesse), personal forestal soltó dos parejas de mapaches. La solicitud oficial que lo autorizó daba un motivo casi ingenuo: «enriquecer la fauna» de la región. Una década más tarde, al calor del caos de la Segunda Guerra Mundial, una granja de pieles en Brandeburgo perdió el control de sus animales y el mapache tuvo una segunda vía de entrada en el continente. Noventa años después de aquella primera suelta, las investigaciones más citadas sitúan la población alemana entre 1,5 y 2 millones de ejemplares —solo en Kassel, la ciudad más próxima al punto de origen, se calculan unos 30.000— y la especie se ha instalado ya en la mayor parte de Europa, España incluida.

Cuatro animales y una firma administrativa bastaron para desencadenar lo que hoy la comunidad científica describe, sin matices, como una población fuera de control.

De un lago de Hesse a medio continente

El patrón que arrancó en Edersee se repitió, con variaciones, en el resto de Europa: sueltas deliberadas animalistas o escapes de granjas peleteras y de la tenencia como mascota a lo largo del siglo XX. El mapache encontró en los bosques de ribera, los cultivos y los bordes de las ciudades centroeuropeas exactamente lo que necesitaba para prosperar: agua, comida accesible y huecos para encamarse, sin apenas depredadores naturales que frenaran su expansión. Es un animal nocturno, curioso y extraordinariamente hábil para explorar contenedores, nidos o pequeñas infraestructuras humanas, y esa plasticidad —más que cualquier otro rasgo— explica por qué ha colonizado entornos tan distintos entre sí.

Por qué es tan dañino: no es solo un problema de simpatía

La imagen entrañable del mapache oculta un impacto real y bien documentado, que se mueve en dos frentes.

El primero es sanitario. Un estudio del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC, centro mixto de la UCLM, el CSIC y la Junta de Castilla-La Mancha), liderado por Beatriz Beltrán-Beck y publicado en European Journal of Wildlife Research, identificó 142 casos de rabia en mapaches europeos —concentrados en Ucrania, Estonia, Alemania y Lituania—, además de la presencia del virus del Nilo y, sobre todo, de Baylisascaris procyonis, un nematodo intestinal cuyas larvas pueden migrar por la piel, el cerebro y otros órganos en el ser humano. Los investigadores advierten de que un solo ejemplar infectado puede liberar millones de huevos de este parásito, y que en zonas de alta densidad —el estudio documenta más de 100 individuos por km²— la contaminación ambiental es considerable.

El segundo frente es ecológico. Como omnívoro oportunista sin depredadores efectivos en Europa, el mapache preda sobre nidos de aves, anfibios, reptiles y pequeños mamíferos, y compite directamente por hábitat y alimento con especies autóctonas como la jineta, el tejón o el visón europeo —este último, en peligro crítico en España— además de causar daños en maizales, viñedos y cultivos de melón y sandía en las zonas donde se asienta. En Mallorca, donde la especie lleva dos décadas asentada, esa presión se ha traducido en predación directa sobre el ferreret, el sapillo balear endémico y en peligro de extinción, y en el desplazamiento de la jineta de sus territorios habituales.

El continente ya lo sabía: +300% de población en veinte años

La alarma científica no es nueva. Un trabajo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), dirigido por el investigador Iván Salgado y difundido en 2018 por la Agencia SINC, documentó un crecimiento superior al 300% de la población de mapache en Europa central en apenas dos décadas, y reclamó coordinación continental, vigilancia activa e intercambio de datos entre países para frenar nuevas colonizaciones. Han pasado ocho años desde aquel aviso, y nada en los datos posteriores —empezando por los casi dos millones de ejemplares que hoy se calculan solo en Alemania— sugiere que la tendencia se haya frenado.

España no es una excepción: los focos ya están aquí

El primer mapache documentado en libertad en España se detectó en 2001, en Algaida (Mallorca). Desde entonces, y solo entre 2018 y 2022, el Consorcio para la Recuperación de la Fauna (COFIB) ha capturado más de 1.200 ejemplares en la isla, con presencia que va de Andratx a Sóller y avistamientos ya en Pollença; ante la imposibilidad de erradicar una población tan asentada, la estrategia actual se centra en la contención y en proteger los espacios naturales más sensibles.

En la península, el foco mejor documentado está en Guadalajara: la especie llegó en torno a 2017 procedente de Madrid, a través del comercio de mascotas de ejemplares importados de Canadá, y solo en 2023 se localizaron 169 animales en la provincia —164 capturados vivos—, la mitad en la propia capital y el resto repartidos entre Azuqueca de Henares, Alovera y varios municipios más pequeños. Desde enero de 2022, el Ministerio y los gobiernos regionales mantienen un plan conjunto de erradicación mediante jaula-trampa, ejecutado en su mayor parte por Geacam con apoyo de Tragsatec, el zoo municipal y los bomberos.

Jurídicamente, el mapache (Procyon lotor) figura en el Catálogo español de especies exóticas invasoras, con prohibición expresa de posesión, transporte, tráfico, comercio y suelta en el medio natural, y está incluido en la lista de especies exóticas invasoras preocupantes para la Unión Europea del Reglamento 1143/2014. El marco básico se recoge en el RD 630/2013 y en la ficha de mamíferos de la lista UE de MITECO, que además publica cartografía de distribución con descargas de 2018 y 2025.

¿Se puede cazar o controlar el mapache en España?

No. El mapache no es especie cinegética en España, y su captura solo puede realizarse como control o erradicación autorizada por la administración ambiental competente —nunca por iniciativa particular de un cazador o un titular de coto. El RD 630/2013 fija en su artículo 7 la prohibición general de posesión, transporte, tráfico y comercio de ejemplares vivos, y en su artículo 10.5 contempla que la caza pueda usarse como método de control, gestión o erradicación, pero solo cuando la introducción de la especie en esa área concreta sea anterior a la entrada en vigor de la Ley 42/2007, y siempre dentro de un plan recogido en los instrumentos normativos de caza. Dado que la mayoría de los focos españoles documentados —Guadalajara desde 2017, buena parte de los de Mallorca— son posteriores a esa fecha, en la práctica la vía habitual no es la caza convencional, sino el trampeo selectivo con jaula-trampa, ejecutado por personal técnico autorizado y sujeto a registro y supervisión.

Si un titular de coto, una sociedad de cazadores o un guarda detecta un ejemplar, el procedimiento correcto es comunicarlo al servicio ambiental autonómico o a la guardería, que valorará si existe un plan de control activo en la zona y, si procede, coordinará la captura. La Red de Alerta de MITECO centraliza precisamente estas notificaciones tempranas para especies de la lista de la UE. Transportar, retener o intentar soltar un ejemplar en otro lugar no solo es ilegal —constituye infracción administrativa conforme a la Ley 42/2007—, sino que multiplica exactamente el riesgo que se pretende evitar.

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