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Lenguaje inclusivo animal

Un zorro.

Un zorro. © Shutterstock.

Un cartel del ayuntamiento de Yaiza (Barcelona), en ánimo de comprometer a su ciudadanía con la limpieza de lo público, ideó un simpático eslogan donde rezaba este ocurrente imperativo: «No me hagas quedar como un cerdo». Un epigrama aparentemente inocuo que sin embargo ofendió al grupo animalista que instó a su retirada alegando menosprecio a los cerdos. La broma sintáctica se había convertido en agravio semántico que, por extensión, instaba a evitar los sintagmas, frases y chistes con referencias a animales, pues «todos los seres sintientes merecen nuestro respeto».

El filósofo y matemático austriaco Ludwig Wittgenstein escribió en su obra magna Tractatus: «Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje». Algunos viven confinados en fronteras ideológicas tan estrechas que les hace considerar blasfemias frases como matar dos pájaros de un tiro, coger al toro por los cuernos, comer como un cerdo o trabajar como una mula; incluso utilizar como calificativos sustantivos animales como zorra, víbora, sanguijuela, loro, borrico, etc., alegando como impropios los modelos de analogía.

Manifestantes contra la caza. © Europa Press

El lenguaje llevado al absurdo

La moda de extender el lenguaje inclusivo a los animales recomienda, por ejemplo, llamar compañero a las mascotas o tutor o tutora a los dueños o dueñas. El mundo, decía Einstein, no es infinito, lo que es infinito es el número de idiotas. A esta turba de ofendiditos acomodados en el variopinto movimiento woke tiene una rama más esperpéntica aún que propone comunicarnos con nuestros «compañeros animales» en su mismo ‘idioma’. Es la llamada inclusión semántica, que implica comunicarse balando con las ovejas, ladrando a los perros o relinchando a los caballos.

Cuando pensábamos que no había hueco para un tonto más aparece el colectivo therians que no sólo se identifican con animales sino que solicitan un DNI que les reconozca esa identidad, derechos de pasto a los herbívoros, he imagino que carne a los carnívoros, fruta a los frugívoros, insectos a los insectívoros, etc., además de sanidad veterinaria con cargo al Estado.

Lo que podría interpretarse como absurda broma es moda en las pletóricas sociedades occidentales, donde la desconexión de la realidad natural es tal que les permite luego añorarla con ridículos delirios como los que trata esta nota. Una de esta ‘iluminatis’ que dice sentirse vaca confesaba tras su careta haberse identificado como bovina al comer chicle, será por aquello del rumiar. Hoy dice ser feliz pastando en su prado integrada en un rebaño de therians vacunos… ¡y el frenopático de Ciempozuelos con plazas!

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