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La ONU y la caza

Un niño cazando junto a su padre.

Un niño cazando junto a su padre. © Shutterstock

La primera de ellas se llama Suzanne Aho y es de Togo. La segunda es Zeinebou Taleb Moussa y ha entregado su vida al activismo por Mauritania. El tercero es un keniano llamado Timothy P. T. Ekesa. Sus raíces, su cultura y su formación están muy lejos de las jaras y los tomillos ibéricos. Nunca han olido unas migas. Nunca han visto un toro en la dehesa. Es muy posible que, si le preguntamos de qué color tiene las plumas la perdiz roja, nos respondan que obviamente rojas. No saben cómo suena una caracola en una mañana de montería.

Tampoco se explicarán por qué hay pueblos que no tienen bar, pero sí sociedad de cazadores. Es posible que no sepan que aquí ya se escribían libros de caza más de diez siglos antes de que existieran sus respectivos países. Aun así, se permiten el lujo de cuestionar al nuestro y a nuestra cultura en ese foro de crear directrices para que los países irrelevantes sigan siendo irrelevantes en el que se ha convertido la ONU. Abanderan unas siglas que parecen darle patente de corso para imponer ideologías disfrazadas de buenismo como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), esa doctrina envenenada y aparentemente inofensiva que está matando a Europa.

Una cazadora en una montería. © Carlos Vignau

Una amenaza que no es menor

Y ahora quieren prohibirnos que llevemos a nuestros hijos a cazar en pos de una supuesta protección de su infancia. El tema es más grave de lo que pueda parecer y debemos tomárnoslo en serio. Porque lo que hoy es una pregunta en la ONU, mañana le dará pie al Gobierno de turno a prohibirnos nuestra cultura y educar a nuestros hijos en nuestros valores. Me preocupa ver el poco interés con el que parece que el sector se está tomando esta amenaza.

Espero que nuestros representantes no tarden en comprar un billete de avión para los señores Aho, Taleb y Ekesa e invitarles a conocer nuestra realidad. A pasear por El Prado viendo los cuadros de Goya, Velázquez o Sorolla. A comer una caldereta de venado. A escuchar un concierto de Paco Candela o de Inma Vílchez. A mostrarles el Coto de Doñana o el de Almargen. O las cuevas de Altamira. A pisar un país y una realidad que no se explica en una respuesta improvisada de dos minutos a 1.500 kilómetros de aquí. Porque nuestra cultura no cabe en sus despachos

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