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La ciencia lo confirma: los cazadores españoles valoran la conservación más de lo que muchos creen

Un cazador con un jabalí abatido.

Un cazador con un jabalí abatido. © Rubén Montés

Durante años, el debate público sobre la caza ha tendido a moverse entre posiciones muy simplificadas. Para una parte de la sociedad, el cazador aparece retratado casi siempre como alguien interesado únicamente en abatir piezas. Sin embargo, un estudio científico realizado en España introduce una lectura bastante más compleja: cuando se pregunta a los propios cazadores qué debe tener una gestión cinegética sostenible, las respuestas sitúan en primer plano la conservación de las poblaciones, el cuidado del hábitat y la defensa de la genética silvestre y autóctona.

El trabajo analiza las preferencias de 621 cazadores españoles, de los cuales 241 practicaban principalmente caza mayor y 380 caza menor. La investigación se centró en conocer cómo valorarían los cazadores un posible sistema voluntario de certificación sostenible para cotos de caza. Es decir, un modelo en el que los terrenos pudieran someter su gestión a una auditoría independiente para acreditar que cumplen determinados criterios ambientales, sociales y cinegéticos. No se trataría solo de decir que un coto está bien gestionado, sino de demostrarlo con información verificable.

Qué significa certificar la sostenibilidad de un coto

La certificación planteada en el estudio parte de una idea sencilla: en muchos cotos, el cazador y la sociedad no siempre pueden comprobar qué gestión real hay detrás de una jornada de caza. Puede haber terrenos que trabajan el hábitat, respetan poblaciones silvestres, evitan prácticas artificiales y generan empleo rural; y otros que basan su modelo en intervenciones mucho más intensivas, como sueltas, alimentación suplementaria o gestión orientada casi exclusivamente a aumentar capturas.

© Israel Hernández

Para reducir esa falta de información, el estudio analiza una propuesta de certificación basada en siete criterios: conservación de las poblaciones cinegéticas, mantenimiento de la genética salvaje y autóctona, control de especies exóticas, mejora de la fauna no cinegética, gestión del hábitat, beneficios socioeconómicos locales y satisfacción del cazador. En la práctica, el sello serviría para diferenciar a los cotos que cumplen determinados estándares de sostenibilidad y para ofrecer más transparencia tanto a los usuarios como a la sociedad.

Los criterios que más valoran los cazadores

Los resultados son especialmente interesantes porque contradicen una visión muy extendida. Los cazadores encuestados no situaron la sostenibilidad en un segundo plano. Al contrario, todos los criterios analizados superaron el 7 sobre 10 en importancia, y los más destacados fueron precisamente los relacionados con la conservación: estado de las poblaciones cinegéticas, mejora del hábitat, promoción de especies silvestres y autóctonas y mantenimiento o mejora de la fauna no cinegética.

Este dato no convierte automáticamente a todos los cazadores en conservacionistas ejemplares, ni elimina los problemas que existen en determinados modelos de gestión. Pero sí desmonta una idea demasiado cómoda: la de que la conservación es algo ajeno al mundo cinegético. Según el estudio, muchos cazadores la entienden como una condición necesaria para que la actividad tenga futuro, autenticidad y legitimidad.

En la caza mayor, esta preocupación se vincula a la gestión de especies como el ciervo (Cervus elaphus), el jabalí (Sus scrofa), el corzo (Capreolus capreolus), el gamo (Dama dama), la cabra montés (Capra pyrenaica) o el rebeco (Rupicapra rupicapra). En la caza menor, el peso del hábitat resulta aún más evidente, especialmente para especies como el conejo de monte (Oryctolagus cuniculus) o la perdiz roja (Alectoris rufa), cuya situación depende en buena medida de la gestión del territorio, la agricultura, la disponibilidad de refugio y alimento, las enfermedades y la presión de depredadores.

No basta con poner una etiqueta verde

El estudio también introduce un matiz importante: los cazadores no apoyan cualquier certificación de manera automática. La aceptación aumenta cuando el sello se percibe como una forma de reconocer buenas prácticas que ya existen, diferenciar a los cotos responsables y aportar confianza. En cambio, genera más rechazo cuando se interpreta como una imposición externa, un coste añadido o una herramienta diseñada desde fuera sin entender la realidad del campo.

Esa diferencia es fundamental. La sostenibilidad no funciona igual cuando se plantea como castigo que cuando se presenta como reconocimiento. Para que una certificación sea aceptada por el sector, no puede limitarse a añadir burocracia ni a imponer un relato moral sobre la caza. Debe servir para demostrar qué cotos hacen las cosas bien, qué criterios cumplen y qué beneficios generan sobre el territorio.

Un coto de caza. © Israel Hernández

También por eso el estudio habla de la certificación como una herramienta de gobernanza basada en la información. Su función no sería sustituir la normativa, sino aportar transparencia en un ámbito donde muchas prácticas de gestión no son visibles para el cazador que compra una jornada ni para el ciudadano que observa la actividad desde fuera.

El gran reto: demostrar la buena gestión

La investigación llega en un momento en el que la caza se juega cada vez más su legitimidad social. Ya no basta con que una actividad sea legal. En un escenario de presión ambiental, debate público y creciente sensibilidad hacia el bienestar animal y la biodiversidad, la caza también necesita explicar mejor qué aporta, cómo se gestiona y qué diferencias existen entre unos modelos y otros.

Ahí está una de las claves del estudio. Si muchos cazadores valoran la conservación de las poblaciones, el hábitat y la genética salvaje, el sector tiene una oportunidad para convertir esa realidad en argumentos verificables. No se trata solo de defender la caza en abstracto, sino de mostrar con datos dónde hay gestión responsable, qué prácticas se deben reconocer y cuáles pueden dañar la imagen y el futuro de la actividad.

La conclusión de fondo es clara: la ciencia no dibuja a los cazadores como un colectivo ajeno a la conservación. Al contrario, este estudio muestra que buena parte de ellos asocia la sostenibilidad con la continuidad de las especies, la calidad del hábitat, la autenticidad de las poblaciones silvestres y la confianza social. El reto, ahora, está en convertir esa sensibilidad en herramientas reales, transparentes y creíbles para el campo.

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