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Cómo colocar los cimbeles para cazar patos: cuatro montajes según el terreno

Un cazador y sus cimbeles.

Un cazador y sus cimbeles. © Ángel Vidal.

Colocar unos cimbeles sobre el agua no consiste en repartir figuras delante del puesto y esperar. Para quien madruga en un humedal con la escopeta al hombro, el montaje empieza antes del primer disparo, cuando toca leer el viento, estudiar la orilla y decidir qué parte del agua va a quedar vacía. Porque ese hueco, el espacio libre hacia el que se quiere dirigir la entrada de las aves, forma parte del señuelo tanto como las propias figuras.

El mismo esquema no sirve igual en una charca pequeña, en un río con corriente, en una zona inundada entre árboles o en una gran lámina de agua abierta. Cambian la cobertura disponible, las trayectorias de aproximación y la relación entre puesto, cimbeles y zona de posada. Conocer estas diferencias marca buena parte del resultado de la jornada.

El viento manda, el puesto se adapta

Antes de tocar el primer cimbel conviene pensar desde dónde pueden llegar los patos. Lo habitual es que afronten la fase final del aterrizaje de cara al aire, así que esa lectura previa condiciona dónde se abre la zona de posada y en qué posición queda el puesto respecto a ella. No es un detalle menor: si el hueco de entrada está mal orientado respecto al viento dominante del día, el resto del montaje pierde buena parte de su sentido.

El viento no actúa solo. La vegetación puede tapar accesos, una orilla puede ofrecer mejor escondite y, en un río, la corriente obliga a los cimbeles a mantenerse en una posición concreta sobre el agua. El montaje debe responder a esa combinación de factores reales del cazadero, no a un dibujo que funcionó en otro sitio y se traslada sin más. El puesto, por su parte, tiene que quedar integrado en el entorno sin invadir ni tapar el hueco previsto para la llegada.

Los cimbeles con movimiento cumplen su función cuando rompen la quietud de una lámina de agua sin convertirse en un obstáculo. Su sitio está en los bordes de la escena, dando vida al conjunto, nunca ocupando el centro del área de aterrizaje.

Arboleda inundada y río: el espacio manda el diseño

En una zona arbolada inundada, la vegetación delimita con claridad lo que se puede aprovechar. El planteamiento más razonable consiste en repartir los cimbeles a ambos lados de un claro y dejar un hueco central despejado. Los dos grupos laterales enmarcan así la zona de posada sin saturar de figuras el único espacio abierto entre los árboles.

El puesto se sitúa en uno de los extremos, aprovechando la cobertura de la arboleda, con el viento llegando desde la espalda del cazador hacia el claro. Los cimbeles con movimiento pueden colocarse más cerca del puesto, entre este y el hueco reservado, pero siempre fuera del centro: si se amontonan demasiadas figuras dentro del claro, se desdibuja justo el punto donde interesa que las aves intenten posarse.

Pareja de ánades reales © Shutterstock

En el río entra en juego un condicionante distinto: la corriente. Una opción habitual es buscar un remanso junto a la orilla y agrupar allí las figuras, lejos de la fuerza principal del agua, dejando la zona de posada abierta justo al lado. El puesto se integra en esa misma margen, próximo a uno de los extremos del espacio libre.

Cuando el viento y la corriente avanzan en la misma dirección, el hueco de entrada puede quedar aguas abajo del grupo de cimbeles, lo que ofrece una aproximación despejada a los patos que encaran el aire durante el descenso. Conviene no confundir ambos elementos: la corriente afecta a cómo se mantienen las figuras sobre el agua, mientras que el viento es el que condiciona la llegada aérea. Si el aire cambia de dirección o el remanso desplaza los cimbeles, hay que rehacer la relación entre el grupo y el hueco; no todos los recodos de un río admiten el mismo montaje.

Aguas abiertas y charcas: de la amplitud a la sencillez

En una gran extensión de agua hay margen para desplegar algo más ambicioso. Una fórmula posible es formar dos brazos de cimbeles separados, con el puesto entre ambos, dejando varias zonas libres: una frontal y otras laterales. De este modo se ofrecen distintas entradas alrededor de la posición del cazador en lugar de concentrar todo en una sola abertura. Esos brazos funcionan mejor si se entienden como agrupaciones naturales de aves, con pequeños huecos entre las figuras, y no como dos hileras perfectamente alineadas, que resultan artificiales a ojos de un pato que ya ha volado unos cuantos kilómetros esa mañana.

En este esquema, los cimbeles con movimiento se colocan en los extremos de barlovento (el lado desde el que sopla el viento), mientras que las figuras flotantes prolongan los grupos hacia sotavento, la zona hacia la que se desplaza el aire. Cuanta más amplitud tiene el escenario, más fácil es extender los señuelos sin una intención clara, así que antes de dar el montaje por cerrado conviene comprobar hacia dónde conducen realmente los huecos abiertos.

La charca, en cambio, suele resolverse con una disposición mucho más sencilla: un grupo de cimbeles cerca de la orilla y una superficie amplia de agua libre por delante. El puesto queda integrado en la vegetación del borde, con figuras repartidas a ambos lados y algunas frente a él. Con el viento soplando desde tierra hacia el agua, las aves que encaren esa dirección encontrarán primero el hueco de posada y después el grupo situado junto a la ribera.

La cantidad de cimbeles no responde a una cifra fija: depende de las dimensiones de la charca y del espacio real disponible. Llenar de figuras una masa de agua pequeña puede eliminar precisamente la abertura que se pretendía crear. Si se añaden cimbeles con movimiento en este escenario, lo lógico es integrarlos cerca del grupo principal y fuera de la zona frontal despejada: la sencillez es la ventaja de la charca frente a montajes más recargados.

Observar para corregir: el montaje nunca es definitivo

Ningún montaje debería darse por bueno antes de ver cómo reaccionan los patos. Si se aproximan pero se abren antes de llegar, conviene revisar si el puesto destaca demasiado, si hay exceso de movimiento en los cimbeles o si la zona libre está realmente alineada con el viento del momento. Cuando las aves rodean el conjunto sin decidirse a entrar, merece la pena comprobar si los brazos de señuelos están demasiado compactos o si las figuras han terminado ocupando el propio hueco de entrada.

También importa fijarse en hacia dónde intentan bajar los patos, aunque al final se abran. Si varias aproximaciones seguidas señalan un lateral distinto al previsto, ese comportamiento repetido es la pista más fiable para desplazar el hueco, acortar un brazo o cambiar la relación entre puesto y cimbeles. El ajuste conviene hacerlo sobre indicios que se repiten, no tras una sola pasada que puede deberse a un golpe de viento puntual o a un bando que simplemente iba de paso.

Esa capacidad de leer el comportamiento de las aves en el humedal es, en el fondo, el mismo conocimiento de campo que proyectos como AQUAVES intentan canalizar hacia el seguimiento científico de las aves acuáticas españolas, aprovechando la experiencia acumulada por quienes pasan temporadas enteras frente a estos mismos escenarios. No sustituye, claro, la lectura concreta del viento y del terreno en cada puesto, pero confirma que la observación del cazador tiene un valor que va más allá de la propia jornada de caza.

Qué dice la normativa sobre el uso de cimbeles

La regulación del cimbel en España no es un bloque único: la competencia sobre caza corresponde a las comunidades autónomas desde que el antiguo Reglamento estatal de 1971 quedó derogado, manteniéndose solo con carácter residual en territorios sin normativa propia aprobada. Cada comunidad fija en su ley de caza y en su orden de vedas anual qué cimbeles están permitidos, en qué modalidades y con qué limitaciones de puesto fijo. En Castilla-La Mancha, por ejemplo, la normativa autonómica permite expresamente el uso de cimbeles naturales o artificiales en la modalidad de puesto fijo para especies como el ánade friso, la cerceta común, el pato cuchara o la focha común, dentro de los periodos hábiles que marca cada temporada.

Al margen de esa regulación de fondo, existe otro factor que un cazador de acuáticas no puede perder de vista: las restricciones sanitarias por gripe aviar. Cuando el riesgo epidemiológico sube, el Ministerio de Agricultura y las consejerías autonómicas pueden activar de forma temporal las limitaciones previstas en la Orden APA/2442/2006, que prohíben la utilización de pájaros de los órdenes Anseriformes y Charadriiformes como cimbel en las zonas declaradas de especial riesgo o vigilancia. Estas medidas afectan en concreto a los reclamos vivos, no a los cimbeles artificiales, y su vigencia territorial y temporal cambia según la evolución del virus, así que lo prudente antes de cada jornada es comprobar si el coto o la zona de caza está incluida en algún anexo de riesgo vigente ese mismo otoño o invierno.

La consecuencia práctica para quien prepara un día de pato es clara: conviene revisar la orden de vedas de la comunidad autónoma correspondiente, las resoluciones sanitarias que puedan estar activas en ese momento y las condiciones específicas del terreno cinegético, en lugar de dar por buena una norma vista en otra región o en una temporada anterior.

En los cuatro escenarios, la lógica de fondo no cambia: leer primero el aire y el agua, colocar después el puesto y construir los grupos de cimbeles alrededor de una zona libre reconocible. La arboleda pide conservar el claro; el río obliga a entender el remanso y distinguirlo de la corriente; las aguas abiertas permiten varios brazos y entradas; y la charca agradece una distribución contenida junto a la orilla. Lo que viene después —las aproximaciones reales de los patos esa mañana— es lo que termina diciendo qué parte del montaje conviene tocar.

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