Entrar deliberadamente en una mancha antes de una montería para espantar a los jabalíes es una práctica tan antigua como difícil de demostrar. Conocida en el mundo montero como «chanteo», puede echar por tierra meses de trabajo y provocar que una finca cargada de caza llegue prácticamente vacía al día señalado. Algunos episodios conocidos durante las últimas temporadas han vuelto a poner el foco sobre una de las acciones más dañinas que puede sufrir una organización.
Hay pocas cosas capaces de desesperar más a un organizador que llegar al día señalado y descubrir que la mancha que llevaba meses cuidando parece haberse quedado vacía de la noche a la mañana. Durante semanas se han visto jabalíes, la guardería conoce sus encames y querencias, las cámaras confirman su presencia y las señales encontradas en el campo indican que los animales continúan allí. Todo apunta a que la montería puede ofrecer un buen resultado. Sin embargo, cuando llegan las rehalas y comienzan a montear, apenas hay ladras, los perros encuentran poco y los cochinos que deberían estar encamados sencillamente han desaparecido.
A veces existe una explicación perfectamente natural. Un cambio brusco de tiempo, la posible presión del lobo, una noche especialmente movida, determinadas labores agrícolas o forestales o cualquier otra circunstancia puede cambiar por completo el comportamiento de los animales. El jabalí no entiende de calendarios y una mancha, especialmente cuando hablamos de terrenos abiertos, nunca es una caja cerrada. Pero hay ocasiones en las que detrás de ese silencio existe algo mucho más difícil de aceptar: alguien ha entrado expresamente para sacar la caza antes de la montería.
Cuando espantar la caza es el objetivo
Dentro del vocabulario montero, chantear consiste precisamente en molestar de manera deliberada una mancha con el propósito de conseguir que los animales que permanecen encamados en ella la abandonen antes de celebrarse la montería. No hablamos de un senderista que atraviesa accidentalmente el monte, de un trabajador que debe realizar una determinada labor o de cualquier otra molestia fortuita. La diferencia fundamental está en la intención: quien chantea entra para molestar, para levantar los jabalíes de sus encames y conseguir que busquen refugio en otro lugar, sabiendo que de esta manera puede condicionar de forma decisiva el resultado de la jornada.
Las formas de hacerlo pueden ser diferentes. Desde recorrer repetidamente las zonas de encame hasta atravesar barrancos, manchas de monte cerrado y otros lugares donde los animales encuentran tranquilidad durante las horas centrales del día. En algunos episodios se han encontrado incluso productos con olores artificiales muy intensos repartidos por el terreno. Uno de los casos que pudimos conocer directamente ocurrió en una finca abierta de la provincia de Ávila, donde la propiedad y la organización llevaban meses preparando una montería en una mancha que tradicionalmente había demostrado un extraordinario potencial para el jabalí. La presencia de animales estaba contrastada y nada hacía pensar que aquella jornada fuese a resultar diferente a otras temporadas.
Sin embargo, cuando comenzaron a montear los perros, la caza prácticamente no rompía y las ladras eran mucho menores de lo esperado. Conforme avanzaban las rehalas apareció una posible explicación: más de media docena de botes de suavizante repartidos por diferentes puntos de la mancha. Algunos estaban tirados en el suelo y otros habían sido colocados bocabajo sobre ramas para que el líquido fuese cayendo lentamente. El olor era tan intenso que llegó a percibirse desde algunos puestos. La colocación de aquellos recipientes dentro del monte difícilmente podía explicarse como una casualidad y puso sobre la mesa una palabra que cualquier montero conoce demasiado bien: chanteo.
Una mancha puede cambiar en pocas horas
Para comprender la magnitud del problema hay que conocer cómo se prepara una montería, especialmente cuando hablamos de fincas abiertas donde los animales tienen completa libertad para entrar y salir del terreno. Durante meses, guardas, propietarios y organizadores observan los movimientos de la caza, conocen los encames, controlan los pasos y siguen las querencias de los jabalíes. Se intenta proporcionar tranquilidad al monte y reducir las molestias durante los días anteriores porque una presión extraordinaria, precisamente cuando se acerca la fecha, puede modificar por completo el comportamiento de unos animales especialmente desconfiados.
Todo ese trabajo persigue un objetivo muy sencillo: llegar a las horas anteriores a la montería con la mancha tranquila y con la mayor parte de los animales que habitualmente la utilizan encamados dentro. Precisamente ahí reside la enorme vulnerabilidad de una finca frente al chanteo. El jabalí reacciona con rapidez ante una presencia humana anormal o reiterada y, cuando considera que un lugar ha dejado de ser seguro, puede desplazarse y buscar refugio a varios kilómetros de distancia. En una finca abierta no existe ninguna barrera que impida ese movimiento y bastan unas horas de presión en determinados puntos para alterar aquello que se ha intentado conservar durante semanas.
Por eso quien conozca bien el terreno, las querencias de los animales y la fecha exacta de celebración de la montería puede provocar un daño enorme sin necesidad de abatir un solo jabalí. Le basta con entrar en el momento adecuado, recorrer determinadas zonas y conseguir que los animales abandonen sus encames. Cuando los monteros ocupen sus puestos y las rehalas comiencen a trabajar, el daño ya estará hecho y, en muchas ocasiones, será prácticamente imposible revertirlo.
El resultado no siempre cuenta toda la historia
Desde fuera resulta tremendamente sencillo juzgar una montería mirando únicamente la fotografía final. Si se esperaban 40 jabalíes y aparecen 15, o si una mancha anunciada como especialmente buena ofrece pocas oportunidades, los comentarios no tardan en aparecer. Se dice que allí no había caza, que la finca estaba vacía o que la organización había generado unas expectativas que no se correspondían con la realidad. Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente la montería sabe que el resultado de una jornada depende de una cantidad enorme de circunstancias y que aquello que sucede durante unas horas no siempre refleja lo que había en el campo durante los días anteriores.
Ahí se encuentra uno de los aspectos más dañinos del chanteo. No solamente desaparecen los jabalíes, también puede quedar seriamente perjudicada la reputación de quien organiza. El propietario pierde una fecha importante, la orgánica si la hay tiene que responder ante decenas de monteros que han pagado sus puestos y las rehalas realizan exactamente el mismo esfuerzo aunque encuentren menos caza. A ello hay que sumar seguros, comidas, personal, vehículos, apertura y mantenimiento de caminos, señalización, preparación de armadas y un interminable número de trabajos que comienzan mucho antes de que el primer montero llegue a la junta.
Una montería no se prepara en una mañana. Detrás de ella existen semanas e incluso meses de trabajo, inversión y vigilancia. Por eso, cuando alguien consigue alterar deliberadamente una mancha durante las horas o jornadas anteriores, el perjuicio va mucho más allá de los animales que finalmente aparecen en el plantel. También golpea directamente la credibilidad de quienes llevan meses trabajando para que todo salga bien y que, llegado el momento, deben explicar un resultado que ni ellos mismos esperaban.
¿Quién puede estar detrás de un chanteo?
Es probablemente la pregunta que aparece inmediatamente cada vez que ocurre uno de estos episodios y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de responder. Las motivaciones pueden ser muy diferentes: enfrentamientos personales, intereses cinegéticos contrapuestos, conflictos entre propietarios u organizaciones o simplemente la voluntad de perjudicar a alguien. Sin pruebas que permitan identificar a los responsables, cualquier acusación sería imprudente, pero resulta evidente que determinados casos requieren un conocimiento bastante preciso del terreno y del funcionamiento de la propia montería.
Para provocar un daño realmente importante no basta con entrar en cualquier lugar y pasear por el monte. Hay que conocer cuáles son las zonas de encame, qué barrancos utilizan los animales, dónde encuentran mayor tranquilidad y qué puntos conviene recorrer para generar la máxima molestia. También hay que saber cuándo hacerlo, porque entrar varias semanas antes probablemente tendrá un efecto limitado, mientras que provocar esa presión durante las horas o días inmediatamente anteriores puede modificar completamente la distribución de la caza.
Precisamente ese conocimiento es lo que hace que muchos profesionales del sector consideren el chanteo una práctica especialmente difícil de prevenir. Vigilar permanentemente cientos o miles de hectáreas es prácticamente imposible y las fincas abiertas cuentan con caminos, lindes y accesos muy difíciles de controlar durante las 24 horas del día. Basta que alguien conozca esos puntos débiles para entrar, actuar y marcharse mucho antes de que la guardería pueda advertir lo ocurrido.
Un problema muy difícil de demostrar
Ese es posiblemente el principal obstáculo al que se enfrentan propietarios y organizaciones cuando sospechan que una mancha ha sido chanteada. Comprobar que la caza ha desaparecido puede resultar relativamente sencillo cuando existen referencias claras de los días anteriores, pero demostrar quién entró, cuándo lo hizo y con qué intención es muchísimo más complicado. Incluso cuando aparecen huellas, objetos o indicios de una presencia extraña, establecer una autoría requiere pruebas que no siempre existen.
Por ese motivo, la prevención y la documentación adquieren una importancia especial. La vigilancia de accesos durante las jornadas anteriores, la presencia de guardería y las cámaras instaladas en determinados puntos pueden ayudar a conocer movimientos anormales dentro de la finca. Cuando aparecen indicios materiales, conservarlos, fotografiarlos y dejar constancia de dónde fueron encontrados puede resultar fundamental. En el episodio ocurrido en Ávila, el hallazgo de los recipientes permitió comprobar que dentro de la mancha había sucedido algo completamente ajeno al funcionamiento normal del monte y la organización pudo documentar lo encontrado y dar aviso de los hechos.
El chanteo, además, no debería asumirse como una simple jugarreta entre cazadores o como una vieja rivalidad entre fincas. Dependiendo de cómo se produzcan los hechos, pueden entrar en juego cuestiones relacionadas con el acceso no autorizado a propiedades, daños, depósito de sustancias u otras conductas cuya valoración jurídica corresponde a las autoridades y dependerá de las circunstancias concretas. Por eso, cuando existen indicios sólidos, lo razonable es documentar lo sucedido y ponerlo en conocimiento de la guardería y, cuando corresponda, de los agentes competentes.
La montería debe decidirla el monte
Quienes llevamos décadas monteando sabemos perfectamente que ninguna mancha tiene garantizado un resultado. Hay jornadas en las que todo encaja: los perros encuentran desde los primeros minutos, los jabalíes rompen hacia las armadas, los puestos cumplen y, cuando llega la hora de recoger, el plantel confirma aquello que durante semanas venía anunciando el campo. Otras veces ocurre exactamente lo contrario. La caza se escurre, los animales rompen por lugares inesperados, el viento juega una mala pasada o simplemente ese día las cosas no salen. Esa incertidumbre forma parte de la montería y cualquier cazador con experiencia aprende a aceptarla.
Lo que nunca debería formar parte de ella es que alguien entre deliberadamente en una finca para espantar la caza y perjudicar a quienes llevan meses preparando una jornada. Porque el verdadero daño del chanteo no está únicamente en los jabalíes que esa mañana no llegan al plantel. Está en el trabajo de la guardería desperdiciado, en el dinero invertido, en las expectativas de los monteros, en la reputación de una organización y, especialmente, en esa sensación de indefensión que queda cuando se sabe que el resultado no lo decidió el monte.
Una mala montería puede olvidarse y forma parte de la historia de cualquier cazador. Una mancha chanteada deja un sabor muy diferente, porque detrás de ese mal resultado puede encontrarse la voluntad expresa de perjudicar el trabajo ajeno. Y eso es precisamente lo que convierte al chanteo en una de las prácticas más despreciadas dentro del mundo montero: no pretende cazar más, gestionar mejor ni aprovechar un recurso, sino conseguir que otros fracasen después de haber trabajado durante meses para que una jornada salga bien.

