Extremadura mantiene viva una tradición cinegética casi extinguida: la ronda nocturna del jabalí, una modalidad con siglos de historia que mezcla leyenda, valor y silencio absoluto. En un país donde los daños agrícolas del cochino son cada vez más graves, esta forma de caza tradicional, practicada solo en esta comunidad y bajo condiciones muy restringidas, se presenta como una de las soluciones más eficaces… y olvidadas.
Un origen monástico
Según la tradición, fue en el siglo XVI cuando los frailes franciscanos del convento de Luriana dieron origen a esta modalidad. Sin armas para defender su huerto, usaron sus mastines guardianes y un cuchillo de cocina para matar al primer jabalí en una noche sin luna. De ahí nacería una de las formas más salvajes de cazar en España.
Durante su apogeo en el siglo XIX, nombres como Antonio Covarsí elevaron esta práctica a la categoría de leyenda, recorriendo la noche extremeña a pie o a caballo, con perros valientes, en busca del gran verraco.
Una técnica eficaz… y casi olvidada
Pese a su brutalidad, la ronda ha demostrado ser una de las formas más eficaces de disuadir a los jabalíes que arrasan cultivos. El ruido del agarre, el rastro de los perros, el olor del hombre: todo espanta a los cochinos durante semanas. Pero la normativa solo permite su uso en fincas cercadas, con autorización expresa y dentro de planes técnicos.
La escena es tan ancestral como dramática: una partida de entre 12 y 20 perros, con un puñado de ellos de presa. Los buscas localizan al cochino y lo paran a ladrido limpio. El jabalí se cree superior, se enfrenta… y entonces llegan los perros de agarre. El cazador, en completo silencio y con el viento en la cara, corre al agarre y remata al animal con cuchillo. Una linternilla ayuda a buscarle la cabeza entre la oscuridad y el cuerpo del combate.
A pie o a caballo: el arte de no ser visto ni oído
Aunque la ronda puede practicarse a caballo, la mayoría de los rondadores lo hace a pie. Conocer cada vereda, trocha y sombra del terreno es vital. Un cazador que no sabe cuántos jabalíes hay en su zona, ni de qué tamaño, se expone a ver morir a sus perros o a no poder rematar al animal. Y todo ocurre de noche, sin palabras, sin luces, sin margen de error.
Una caza real, brutal, necesaria… y que solo sobrevive en una esquina del suroeste español. La ronda nocturna del jabalí es más que una modalidad cinegética: es un desafío físico, táctico y emocional, una forma de vivir la noche en el monte con una intensidad que ya casi nadie conoce. Y que, tal vez por eso, merece ser contada.

